Creo que jamás sabremos quién está detrás de esa red llamada "Blocus", que suena un poco a latín y por lo tanto a oscuro y a pagano. Blocus podría ser nombre de un soldado romano, de un senador rarito, de un gladiador legendario. Tampoco me parece muy probable que un niño de 14 añitos esté preocupado por su futuro en el mundo, ni que sienta que no tendrá oportunidades y por lo tanto decida pegarle fuego a todo. Tras suficientes años en la educación, sé de sobras que a los 14 añitos nadie le dedica ni un segundo a pensar en su futuro académico y muchos menos en el laboral. Creo que no hace falta contar eso: todos tuvimos 14 años, todos sabemos qué cosas nos interesaban en aquélla edad. A mi me interesaban los cómics, la música rock, las pelis de terror y ciencia ficción, las chicas del instituto y los cuentos de H.P. Lovecraft. El orden de los intereses iba cambiando, pero ese sería un resumen bastante acertado de mi mundo a los 14.
El futuro no existía cuando yo tenía 14 años y no creo que hubiera salido a quemar nada por un motivo inexistente. El futuro era demasiado grande y por lo tanto inabarcable. No me interesaba para nada. El mundo se reducía al instante presente, y sobre el devenir tenía ideas muy vagas. Quizás me detenía algún momento en fantasear con profesiones sugerentes sin plantearme si estarían a mi alcance. Quise ser dibujante de cómics y copiaba viñetas de Richard Corben. Cuando conseguía reunir las 75 pesetas que me costaba el "Zona 84" en el kiosko del barrio me daba por satisfecho. La entrada al Cine Maragall, programa doble, me costaba 130 pesetas, y conseguía ir una vez al mes, con especial interés cuando daban una de terror.
La conciencia de ser un niño de clase obrera con pocos recursos estaba ahí y flotaba en el aire, y quizás me daba cuenta de que en mi clase había niños con más dinero porqué llevaban pantalones tejanos más nuevos que los míos, pero ni tan solo le prestaba atención a las marcas, que por entonces no nos robaban el alma. Y cuando caía en la cuenta de ser un niño pobre me cabreaba un poco, pero era como la mayoría de mis compañeros y creo que jamás hablabámos de eso. Hablábamos de Marta, de Isabel, de Montse, de Berta y de Rosa, que eran las guapas de la clase. Rosa era la hija del taxista, Isabel, del empleado de la panadería y Berta, del policía de la comisaría de Padre Claret. Pero nada de esto era importante, solo nos importaba que eran las más guapas y lo demás era un accesorio inútil.
La conciencia de clase tarda en llegar y depende de factores como el ambiente familiar. En mi casa se respiraba la política y se hablaba de Franco, de la represión y las huelgas obreras y seguramente por eso empecé a pensar en la desigualdad y a interesarme por las ideologías y por las revoluciones del mundo. Me acuerdo de Nicaragua y los sandinistas, de un librito de poesías de Ernesto Cardenal que andaba por casa y que me impactó mucho. Pero incluso así, incluso entonces, no sentía que mi futuro fuese algo condicionado ni secuestrado por los problemas políticos.
Los niños y las niñas de hoy no son de una naturaleza distinta a la de los de entonces. El ser humano es bastante idéntico y bastante homogéneo. En las partes más recónditas y más a ras de suelo de la cueva de Lascaux, los niños del paleolítico de hace 20.000 años dibujaron penes idénticos a los que los adolescentes de 2026 (22.026 años más tarde) dibujan en las esquinas de la calle. Sus intereses siguen siendo los mismos.
Así pues, si algo ha cambiado de veras solo es la aparición del teléfono móvil en el bolsillo del niño. Y debemos reconocer que este instrumento tiene un poder inaudito y poco estudiado todavía sobre la vida y la mente de los adolescentes. Quizás sea este aparatito el que está cambiando algo, es posible que todavía no tengamos datos sobre el poder de este dispositivo, pero se intuye que no nos está mejorando la vida. A nadie. A las personas mayores, la imposición de las app para gestionar cosas como los trámites legales o con el banco les suponen un engorro o un obstáculo, pero nadie sabe a ciencia cierta qué hace en el cerebro del adolescente.
Sin embargo, sí sabemos algo sobre el sesgo de esos "algoritmos" de los que hablamos aún sin saber exactamente qué significa el término "algortimo". Sabemos que su principal función no es otra que la comercial y la obtención de datos que luego se ponen a la venta y se compran y se venden entre las grandes corporaciones globales. Y también empezamos a intuir que esos datos y esas redes están en manos de empresas cuya ideología es, progresivamente, algo que se mueve entre el pensamiento neorreaccionario y el anarcocapitalismo. Son las ideologías que pretenden derribar la democracia que conocemos para sustituirla por el imperio del mercado, la desregulación, la supresión del estado y el dominio de las grandes corporaciones.
Que un niño de 14 años salga a la calle en respuesta a una convocatoria de algo tan etéreo como la plataforma "Blocus" que le impulsa a romperlo todo para protestar contra su falta de oportunidades futuras es muy sorprenedente. Y que su actuación sea saquear tiendas de marcas caras, ya sean de ropa y zapatillas o de teléfonos móviles solo demuestra el triunfo de esas marcas, que se han convertido en lo más codiciado. Este impulso dirigido hacia la protesta violenta no le ha invitado a asaltar las empresas financieras, ni tan solo las instituciones: le ha conducido al saqueo de objetos codiciados. Robando esos objetos codiciados solo expresa su amor por ellos. Las tiendas saqueadas le reclamarán a sus aseguradoras y también a la administracion pública, a la que acusarán de ineficacia. Y es muy posible que consigan compensaciones des de ambos lados. Así, las empresas asaltadas solo habrán logrado un grado más alto de deseo y, a la vez, las ideologías que reclaman mano dura y acusan a los gobiernos democráticos de falta de respuesta, habrán afianzado su propuesta autoritaria.
El niño de 14 años recibe cada día un montón de imágenes de sus zapatillas preferidas, de sus aparatos para jugar online, de sus tejanos que más molan, de sus camisetas más valoradas. Quizás el único cambio en los adolescentes sea este. Ahora le han dado un aparatito con pantalla de colorines que le cuenta lo que debe desear, y le entrenan para desearlo con ahínco. Algún día, pronto, le contarán que el gobierno le está impidiendo acceder a sus redes, y le susurrarán los trucos para soslayar la prohibición, y le susurrarán que el problema es el gobierno, que impone restricciones e impuestos. Luego le contarán que los gobiernos y la democracia son un engorro, y que el ecologismo y la igualdad y la declaración de los derechos humanos son el verdadero problema de fondo. Le invitarán a aborrecer la democracia y a querer que sea sustituída por el gobierno de un rey que ama a sus súbditos y les ofrece participaciones en su plataforma de bitcoins.
Y así, con el paso de los años y la generaciones, otra vez los niños de 14 años pintarán penes en los más hondo de las cuevas. Los niños pobres, claro está.
Se cuenta que a los hijos de los señores de Silicon Valley no les compran el smartphone hasta más allá de los 16 años y les impiden el acceso a las redes. Y les obligan a aprender con lápiz y papel, sin pantallas. En los barrios pobres como en este en el que trabajo, las familias le compran el smartphone al niño a los 8 o 9, porqué no quieren que su hijo sea un marginado. Deberíamos detenernos un par de minutos a pensar en eso. Y en las cuevas de una era muy anterior a la democracia y a los derechos del ciudadano, cuando las personas, en vez de ciudadanos, éramos clientes o súbditos, que es más o menos lo mismo.

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