La pintora Frida Kahlo dejó escrito algo así como que "bebo para ahogar las penas. Pero las malvadas han aprendido a nadar". Ayer por la noche, serían las diez y pico, yo con el balcón abierto para mitigar el bochorno, escuché los gritos de un niño que andaba calle abajo: "mamá ¡tengo hambre! ¡tengo hambre! ¡No he comido nada desde el desayuno!". Las voces se alejaron y regresó el silencio en la calle estrecha, una ciudad pequeña, una comarca lejana y tranquila donde la vida parece transcurrir afable y ligera. Quizás se preguntarán: ¿qué tiene que ver la frase de Kahlo con el grito del niño? Puede que no lo sepa explicar razonablemente, pero estoy seguro de que algo tiene que ver. Esa mamá que escucha gritar a su hijo percibe una ayuda social que no puede evitar la escena nocturna. Algunos vecinos la ayudan a veces, pero tampoco así se sofocan los gritos del niño. Eso pasa en la España con esa economía como nunca, con menos parados que nunca, con una de las mayor...
Un maestro jubilado, que tendrá unos diez años más que yo, intenta contarme porqué los maestros cometen tantas faltas de ortografía. Esto sucede durante una charla de verano que pretendía ser consecuente con el verano y, por lo tanto, liviana. Antes -me cuenta- y antes significa en los años 60 y 70, quienes iban a estudiar Magisterio eran generalmente gente idealista, muy vocacional y a menudo muy ideológica Eran gente que creía firmemente en el ascensor social que proporciona la educación y tenían en una alta estima a la educación pública. Se podría decir que más allá de la vocación, había algo de militancia educativa. Yo estudié Magisterio en los 80 y creo recordar que todavía había algo de esta militancia entre mis compañeras (y escribo compañeras para destacar que, el alumnado de la Facultad de Ciencias de la Educación era muy mayoritariamente femenino). Una de ellas estudiaba Ciencias Exactas por la mañana y Magisterio por las tardes, era un cerebro prodigioso y, a la vez, una per...