Se podría narrar como un milagro: un chico joven, medio francés y medio norteamericano, afirma que la ópera y el ballet ya no le interesan a nadie y se arma un revuelo en el mundo. En el mismo mundo y en las mismas fechas en las que Benji y Donald -nuestros dos sociópatas de cabecera- están bombardeando sin ton ni son. Ahí, en medio de la calamidad de la avaricia y la violencia, un chaval suelta algo sobre ópera y ballet y se lía un zafarrancho.
Thimotée Chalamet (este es el nombre del actor medio francés) ha aparecido en los medios de toda clase y de medio mundo, y unos le han reído las gracias y otros le han puesto a parir, y en varios palacetes de la ópera y del ballet han hecho burla de su ocurrencia y le han dedicado sus espectáculos, le han citado o le han invitado. No se me ocurre una noticia mejor: la humanidad debate airadamente sobre ópera y ballet mientras, de fondo, caen bombas como chuzos de punta.
Chalamet, sin saberlo, me ha devuelto una brizna de fe en la especie humana. Si durante un bombardeo con miles de muertos somos capaces de ponernos a discutir sobre la ópera y el ballet, no está todo perdido. Todavía. Y como el debate arrecia, estoy deseando escuchar la posición de Abascal sobre la ópera y el ballet (¿solo son buenas las óperas de Wagner?) o la de Feijóo (la caída del interés por la ópera es culpa del sanchismo) o la del propio Sánchez, anunciando un paquete de medidas para subvencionar la entrada al Liceo. Puigdemont, des de la lejana y solitaria villa de Waterloo, colgará un vídeo en donde afirmará que la ópera no nos interesa a los catalanes porqué no hay ninguna ópera catalana (culpa de la terrible represión del estado español).
Me estoy imaginando el barullo en las tabernas del puerto, entre botellines de cerveza, carajillos y cazalla a propósito de la ópera y el ballet, con grandes brocas que terminan a punta de navaja y la Guardia civil deteniendo a los detractores del Lago de los cisnes y asistiendo a uno que, un poco ebrio, afirmó emocionarse mucho con La Bohème y fue golpeado furiosamente por un fan de Verdi.
Por mi parte, me abstendré de soltar que la ópera me parece un tostón y simularé ser un gran entendido, especialmente en Puccini, solo para que no decaiga el debate. Me crearé un perfil en Instagram, Rigoletto, en donde trataré de catetos a quienes no conocen la ópera, elogiaré los primeros compases del Cascanueces y cuestionaré la gestión de Nacho Duato el frente de la Compañía Nacional de Danza. Me lloverán las críticas, los aplausos, los insultos, las amenazas y las propuestas eróticas, me llamarán de una emisora local cerca de Albacete para participar en una tertulia. Por unos instantes todos nos olvidaremos del precio del petróleo, de las aventuras de Maduro en el Metropolitan Detention Center de Brooklyn o de la caída inminente de Cuba en las garras del imperialismo yanqui.
Cuando la diatriba por la ópera se calme, espero que algún actor muy famoso diga que las novelas de William Faulkner son un aburrimiento, o que lo de Shakespeare está sobrevalorado y que, en realidad, Sófocles era mucho mejor y más entretenido. Y sin duda luego debatiremos entre Bach y Beethoven y en España, entre Manuel de Falla y Albéniz, Góngora y Quevedo, Pérez Andújar o Pérez Reverte. En este último caso habrá que andarse con cuidado, puesto que los favorables a Andújar serán tildados de "progres" y los de Reverte de "fachas", con lo cual llegaremos otra vez al desastre nacional y a las barbaridades patrióticas que están en la raíz del problema.
Cuando la humanidad se vea en un encendido debate sobre música, literatura y demás artes, quizás entonces las tertulias y los defensores de los descerebrados que amenazan nuestras vidas (o sea, Trump, Putin, Netanyahu y el ayatolá de turno) caerán en la cuenta de que solo son un estorbo, una diminuta pesadilla recurrente que es un fastidio pero a fin de cuentas unos memos a los que el tiempo les engullirá y les olvidará.
Una noche entraron tres mosquitos en mi cuarto y por un tiempo creí que estaba viviendo la peor noche de mi vida. Zumbaban cerca de mis oídos, me picoteaban, me atormentaban con pensamientos oscuros. Hasta que decidí empezar a hablarles de la belleza de las abejas, de su colorido y de su vuelo tan elegante alrededor de las flores, de la perfección de sus celdillas hexagonales, del beneficio de la miel y del propóleo. Y entonces, como en un milagro, los tres mosquitos desaparecieron. A la mañana siguiente les encontré, secos y esqueléticos, casi translúcidos y con las patas hacia arriba.

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