"Ascender hacia abajo" me lo he inventado yo, pero "caer hacia arriba" es una idea de la mística que siempre me ha gustado porque crea una imagen poderosa que se entiende sin la mediación de la razón, onírica y bella. Los místicos caían hacia arriba.
Como estas líneas tratan del señor Gabriel Rufián, diputado nacionalista, no es posible hablar de mística pero sí de viajes extraños que, aunque el razonamiento haya intervenido, también lo han hecho factores de otra índole, como la intuición, el sentimiento, lo visceral.
Recuerdo haber escrito algo sobre Gabriel Rufián en el blog anterior a éste, cuando se presentó en el Congreso de los Diputados con la promesa de estar allí unos escuetos 18 meses, ya que a los 18 meses Cataluña sería un estado independiente y él debería abandonar el Congreso de un país extranjero. Eran tiempos raros, apesadumbrados, los nacionalistas catalanes ensimismados en un delirio tan impreciso como peligroso, desfiles de antorchas al estilo nacionalsocialista y promesas estratosféricas, fruto de impulsos arrebatados y de imaginería medieval: el Conde Wifredo el Velloso y otras banalidades retrógradas.
El delirio independentista terminó, y algo tuvo que ver en su caída un famoso tuit místico de (otra vez) el diputado Rufián: algo sobre 155 monedas de plata que solo entendió la ciudadanía formada en los tiempos de la educación católica. Des de aquellos años hasta ahora es evidente que el diputado Rufián ha evolucionado y ha pensado en otros asunto y quizás le haya tomado el gusto a su condición de diputado en Madrid, y ahora habla de otra forma y parece haber soslayado bastante el asunto independentista. Ese cambio le favorece bastante, y ahora sus alocuciones en el Congreso gustan a mucha gente y hay que reconocer que son entretenidas, rudas y divertidas a la vez, provocadoras y con un cierto gusto por la frase elaborada e ingeniosa que tan poco abunda en ese foro de barbaridades, insultos, mala educación y acusación inane. Gabriel Rufián diría que casi crea escuela o, por lo menos, ha sabido distinguirse de la media parlamentaria. Sus intervenciones son esperadas e incluso a mi me divierten bastante por la claridad con la que se dirige a esas derechas cada vez más radicales y desmesuradas.
Tras todos estos años en Madrid, parece que el diputado Rufián ha visto la necesidad de que las izquierdas (el plural se queda corto) compongan algún tipo de estrategia consensuada para hacer frente al avance arrollador de las derechas, menos plurales: la distancia entre Vox y el Partido Popular se achica a medida que pasan los días. El diputado Rufián habla menos de Cataluña y más de España, del futuro que nos espera a los españoles ante ese progreso del liberalismo con tonos fascistoides y populistas y plantea fórmulas bastante razonables (aunque muy difíciles) para frenarle. Hay que ver la lluvia de críticas que le han caído, en especial por el lado izquierdo. Cuando el diputado Rufián pretendía ascender, parece que haya ascendido para abajo, que sería el movimiento opuesto al de los místicos cristianos antiguos.
Quizás sea poco creíble el hombre que ha cambiado tanto en tan poco tiempo, quizás muchos no se fíen del hombre de defendía la independencia de Cataluña (un movimiento netamente burgués e insolidario) y que ahora defiende una suerte de Frente Popular para salvar a la clase trabajadora y a los servicios públicos españoles. A mi, si me lo permiten, les diré que me fío más de las personas que cambian que de las se mantienen en sus mismas ideas y convicciones durante muchos años: lo natural y lo sano es pensar, dudar y cambiar. Así que bienvenido el cambio del señor Rufián, un cambio que nos indica que piensa, duda y toma nuevos rumbos después de reflexionar. Yo no me fío ni un pelo de quienes afirman: como yo siempre digo... yo siempre he pensado que... Si alguien lleva muchos años diciendo o pensando lo mismo, me temo que le pasa algo malo. Los erre que erre me resultan aburridos y sospechosos. Nota al margen: el señor Rufián, diputado, procede de un mundo dominado por dos fantoches de los que afirman tener la verdad, dos erre que erre: Junqueras y Puigdemont, dos pobres diablos que mantienen un discurso exhausto y ajado caiga quien caiga aunque quizás ya nadie les escucha.
La propuesta de Rufián a las izquierdas españoles quizás no triunfe, y su apuesta quizás se convierta en la caída final cuando pretendía ser un ascenso hacia algo, quizás un ejercicio de contorsionismo para seguir siendo diputado pero libre de la rancia Esquerra Republicana de Cataluña y en brazos de otra organización que no sabría predecir. Al PSOE le sienta muy bien tener partidos a su izquierda que le cuestionen y le obliguen, porqué a pesar de lo que digan, muchas de sus políticas son más democratacristianas que socialdemócratas (vean al mismísimo señor Salvador Illa, que se parece cada vez más a un obispo de provincias).
Pase lo que pase, me gusta que haya personas (ya sean diputadas o no) que muestren que se puede cambiar y evolucionar, que se arriesgan y toman decisiones controvertidas o controvertibles, y que sacuden un poco las neuronas del auditorio. Y, además, cualquier iniciativa para sacarnos del discurso de la derecha salvaje que se nos viene encima es bueno y es de agradecer.
Caiga hacia arriba o ascienda hacia abajo, el diputado Rufián se ha transmutado en algo distinto que quizás solo sea un personaje en busca de una obra. Pero bienaventurado sea, para seguir con la onda mística y cristiana que tanto le gusta.

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