El periodista ha decidido reducir una vida a la categoría de "sintecho". La nota de prensa es escueta: fallece un sintecho en Castelldefels. Así me entero de que, si me muero hoy, la nota de mi defunción podría ser la muerte de un "contecho", quizás de un "techado". Debería consultarlo en el diccionario de la RAE. En realidad, de todos modos, el hombre vivía en el cubículo de un cajero automático de La Caixa y, por consiguiente, resguardado por el techo del banco. ¿Acaso no viven miles de personas bajo un techo propiedad de La Caixa?
Hace muchos años, cuando me gustaba tanto andar arriba y abajo por las calles sin dirección ni más propósito que andar y mirar lo que hacen los hombres y las mujeres, las curiosidades de la arquitectura popular, las tiendas antiguas, los libreros de viejo, los bares solitarios y sombríos, conocí a un hombre muy mayor que no tenía casa. Le dejaban dormir en un garaje, a cambio de una somera vigilancia nocturna que actuaba como reclamo para los clientes. Pupilaje día y noche, anunciaba un cartelito en la entrada de la cochera. El hombre se había adueñado de un rincón al fondo del establecimiento, en donde guardaba sus cosas. Montones de ropa, algunas cajas de cartón repletas de enseres variados, posiblemente recogidos de la calle. Apoyado en la pared había un colchón mugriento que por la noche extendía en el suelo. Había dispuesto algunas de esas cajas a modo de mesa y otra hacía la función de la silla. Encima de la mesa algunos libros y quizás lo que más sorprendía: una máquina de escribir Olivetti Lettera 32, idéntica a la que yo tenía. Al lado de la máquina había muchas hojas escritas, apiladas hasta la altura de un palmo. Escribo novelas, me dijo. ¿Quieres una? Te la vendo por 25 pesetas.
Ese hombre fue el primer escritor autopublicado que conocí. Por entonces (yo no debía tener más de 18 años) no se me había ocurrido que existiera la autoedición, eso que ahora es tan común, aunque también lo fue en el XVIII y el XIX. En Cataluña, sin ir más lejos, el mismísimo Jacinto Verdaguer se autoeditó y así lo hicieron también poetas surrealistas franceses ya en el XX como Arthur Cravan (pseudónimo de Fabien Lloyd), el sobrino de Oscar Wilde. La edición era extremadamente austera. Unas cuantas hojitas medida octavo, fotocopiadas y grapadas, con una cubierta blanca impresa en tinta roja con un dibujo casi esotérico e incomprensible. Su título era: "Una de mis seis vidas". Lo firmaba con un apellido aristocrático y rimbombante. Había investigado vete a saber donde y con qué métodos y había llegado a la conclusión de que era la reencarnación de un antiguo noble español, cuya familia fue muy rica y poderosa siglos atrás. Una serie de malas decisiones de sus antepasados habían llevado al linaje hacia la miseria, habían perdido todas sus propiedades y sus influencias y los demás, antaño aduladores y serviciales, les habían dado la espalda. La novelita trataba de eso, de la hipocresía y del teatrillo social, de las apariencias y de la crueldad. Estaba escrito en un lenguaje directo y sin florituras, seco, resentimiento sin concesiones, con voluntad de puñetazo en el estómago.
Le compré la novelita y me la leí sentado en un banco, a la sombra de un ficus en el Parque de la Ciudadela. Cuando la terminé busqué un bar cercano y me tomé una cerveza a la salud del hidalgo arruinado que escribe novelas por la noche, en la soledad de un rincón al fondo del párkin. Le conté la historia del escritor miserable a un amigo que disponía de más dinero que yo y, por lo visto, le emocioné. Unos días más tarde me contó que había ido a buscar al escritor y le había comprado diez ejemplares. Le pregunté entonces a mi amigo que le había parecido la novela y me dijo que era una genialidad, algo inaudito hoy en día, algo que ya no se escribe, un texto sincero y brutal poseído por delirios y sueños, algo que antaño habían escrito otros genios oscuros como Gérard de Nerval, pseudónimo de Gérard Labrunie, otro hombre que se había aristocratizado el apellido, poeta loco y maldito que escribió una premonición de su propia muerte. Pasé los meses siguientes persiguiendo las obras de Gérard de Nerval (prosa, poesía y ensayo) y llegué a la conclusión de que el vigilante nocturno del garaje de la calle Córcega puede ser una reencarnación del escritor maldito y francés.
Muchísimos años más tarde conocí a otro sintecho, un chaval bastante joven que cada tarde se instalaba en la entrada de un Mercadona con un cartelito de cartón en donde contaba su situación: sin trabajo, con una pareja enferma y un hijo pequeño. Hablé algunas veces con él. Parecía un joven despierto, exhibía una sonrisa franca y más bien benévola. Aunque iba desaliñado, había algo elegante en él. Muchas veces estaba consultando su teléfono móvil, pero también me fijé que en otras muchas leía libros, y que leía concentrado y con el ceño fruncido, completamente ausente de todo lo demás. En una de las ocasiones en las que hablé con él le pregunté por sus lecturas. Me gusta mucho leer, me dijo. Bueno, le respondí yo, como a mi más bien me sobran los libros te traeré algunos. Unos días más tarde, cuando regresé al Mercadona, le di una novela de Vargas Llosa y un libro de cuentos de J.L. Borges, que son, para mi, algunas de las mejores lecturas de mi vida. El chico se miró las cubiertas con velocidad, sin pestañear y con una indiferencia abismal. Es que a mi me gustan otro tipo de cosas. Hurgó en su zurrón y me mostró el libro que llevaba: "Piense y hágase rico", de un tal Napoleón Hill. Aunque seguí saludándole cada vez que me cruzaba con él en la entrada del supermercado, ya no hablé más con el chico que soñaba en hacerse rico mediante el pensamiento. Mi novela de Vargas Llosa y mis cuentos de Borges siguen en algún rincón de mi casa.
Vuelvo a pensar en el hombre sin casa que murió en el cajero de La Caixa en Castelldefels hace un par de días. Descubro que el cajero se encuentra en la Plaza de la Iglesia. La Caixa y la iglesia, los dos grandes templos en la misma plaza, las dos versiones del paraíso prometido y perdido en la misma plaza. El hombre sin techo que murió en Castelldefels lo hizo en una noche tórrida, mientras que Gérard de Nerval amaneció muerto encima de la nieve en un lejano invierno de París, el 26 de enero de 1855, en la Rue de la Vieille Lanterne. Poco antes de eso había escrito un texto endiabladamente críptico en donde se mencionaba a la blancura de la muerte, como si su intuición le hubiera advertido.
No hace mucho, regresé al garaje de la calle Córcega en donde el miserable escritor autoeditado tenía su refugio y su máquina Olivetti Lettera 32. Descubrí que, a día de hoy, el local es un taller "Midas". La "i" de Midas lleva una corona en vez del puntito. Aunque desconozco las historia de la empresa Midas, estoy seguro de que la fundó un hombre que descubrió como hacerse rico y, provisto de un cierto bagaje cultural, mencionó al rey mitológico que convertía en oro todo lo que tocaba. Es posible que el fundador de los talleres Midas no se leyera la leyenda del rey frigio hasta el final, ya que su don era una terrible maldición: todo lo que tocaba el rey se coneertía en oro, de modo que no podía comer ni abrazar a su familia sin convertirles en metal amarillo, indigerible, materia inerte, muerta. Recordé también los versos de un poeta catalán que cuenta: el oro no ensucia las manos porqué el que lleva oro en las manos ya las llevaba sucias antes.
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