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CUELGAMUERTOS

Por lo visto, a Franco se le ocurrió la idea de encargar su mausoleo en el año de 1940. Lo terminaron en 1958, esa basílica horrenda denominada el "Valle de los Caídos", arquitectura brutalista del fascismo. A los arquitectos totalitarios les gusta mucho el hormigón de grandes dimensiones. Las cosas grandes que deben compensar sus egos y ese ansia por parecer enormes que compensa su pequeñez. A la pequeñez que te devuelve el espejo le opones grandes piezas de hormigón, así actúan los dictadores. Al año siguiente se ordenó el traslado de miles de cadáveres de víctimas de la guerra para rellenar el espacio tras las capillas. El traslado de cadáveres se prolongó hasta 1983. Sí, lo han leído bien: hasta 1983. Hay 33.846 esqueletos emparedados en la basílica, la basílica que visitan los turistas, por donde circulan los monjes y los niños del coro, esos niños cantores que nos remiten al otro templo del franquismo, el monasterio de Montserrat con sus trifulcas pederastas a medio investigar. Tras las paredes de la basílica de Cuelgamuros hay un osario que se descompone y se pudre. 

Edgar Allan Poe escribió uno de sus cuentos más horrendos a cuenta de un muerto emparedado. A H.P. Lovrecraft se le ocurrió "Las ratas de las paredes", imaginó miles de ratas recorriendo con sus patitas el reverso de las paredes. Ni Poe ni Lovecraft tuvieron la imaginación de Franco, capaz de superarles a ambos en una idea macabra hasta lo indecible, ese mausoleo esperpéntico y de una insanía sin parangón. Roderase de más de 30.000 cadáveres el propio cadáver es una locura mayúscula que resulta difícil de procesar. ¿Qué ocurrencias morbosas habitaban la cabecita sádica del Caudillo? Solo en una mente muy enferma y en un alma muy corrompida se pueden albergar estas ideas. Lo grave del asunto es que se debieron sumar a su trastorno varias decenas o centenares de otras personas: ministros, secretarios, jefecillos de distinto rango, administrativos, operarios, ujieres, conserjes, peones, un montón de funcionarios calldos y obedientes. Todos colaboraron sin rechistar en desenterrar muertitos, meterles en cajas, montarles en los camiones. Un trasiego de huesos infinito, un hedor infinito, un asco jamás visto. En nombre de España y de Dios, de la santa Cruzada.

A quienes todavía piensan que la dictadura de Franco no fue para tanto, o que fue una "dictablanda", o que tuvo algunas cosas buenas, se le puede contar el suceso de Cuelgamuros. Franco no solo fue un hombre cruel y despiadado. También fue un hombre severamente enfermo y fascinado por la muerte en su versión más cruda, esa visión de millares de esqueletos y de podredumbre que estaban destinados a adornar su sepulcro. Quizás no hay nada tan asqueroso en el mundo contemporáneo como la enfermedad de Franco, el novio más siniestro de la muerte.

En su delirio mórbido, Franco imaginó un palacio tras cuyas paredes había miles de esqueletos corrompiéndose y eso le pareció bonito. Miles de esqueletos (hasta más de 30.000) corrompiéndose entre insectos y hongos y bacterias para decorar su tumba, el sueño enfermizo de un demente elevado a Caudillo por la Gracia de Dios. Incluso Dios queda en entredicho en este episodio de tan enorme maldad, de tan inaudita insanía.

El cadáver de Franco fue expulsado de Cuelgamuros décadas más tarde, y a día de hoy algunos arqueólogos y forenses trabajan todavía en esas horrendas criptas para devolver los huesos a sus familiares y un atisbo de dignidad a España. Trabajan a pesar de las demandas de una entidad cuyo cinismo parece infinito, porqué se presentan bajo el nombre de "abogados crisitianos" cuando es evidente que en su proceder no hay nada de Cristo, el Cristo de los pobres y los desamparados. El Cristo de los abogados cristianos debe ser un cristo espúreo y malvado, el imposible mesías de los poderosos y los asesinos.

Las criptas repletas de esqueletos en la basílica de Cuelgamuros son el único retrato válido para contar la maldad infinita de un dictador enfermo como Francisco Franco, su inenarrable maldad y su locura tan depravada como malvada. España sumida en un retraso inevaluable mientras sus ministros y sus descendientes se enriquecen con sus negocios cutres tras cuyas paredes se amontonan los cadáveres. Hoy, en plena época revisionista y negacionista, muchos se sienten tentados de relativizar la maldad del franquismo e incluso de perdonarle para abrazar a sus herederos, que todavía están ahí, más o menos vivos y más o menos ocultos tras las siglas inocentes de un Partido Popular o de un Vox, que solo es una voz latina aparentemente neutral.

Cuando lleguen las próximas elecciones ustedes deberán votar y espero que lo hagan. Y deberán votar por sus convicciones y de acuerdo a los programas de los partidos que concurran a las elecciones. Cuando lo hagan, acuérdense de la infamia de Cuelgamuros y de la depravación que des de allí nos cuenta como se comportaron los patriotas de España y de Dios, los que se envuelven en la bandera de España y en el nombre de Dios.

Comentarios

  1. Que escrito más macabro, cualquiera vota al Pp, da miedo. Claro que da más los socialistas. Así que a quedarse en casa viendo fútbol
    Saludos

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  2. No, no iré a votar, LLUIS, siento decepcionarte, pero hoy, en estos momentos, el decepcionado soy yo, así que como no me siento representado, a mi edad ¡leches! que diría Blas de Otero.
    Salut

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