Ya sabrán ustedes que, tras múltiples reformas educativas, a día de hoy es posible promocionar de curso con cuatro asignaturas suspendidas y poco importa que esas cuatro sean catalán, castellano, matemáticas e inglés. Esta es la realidad de nuestra educación, tanto en primaria como en secundaria.
Un niño puede pasar de la primaria a la secundaria con cuatro o más asignaturas suspendidas. Una vez en la secunadria, podrá seguir así hasta que al fin le den un certificado de estudios (que no es la graduación, si no un documento que acredita su estancia de cuatro años en un centro de secundaria). Con ésta acreditación no tendrá acceso a estudios superiores (ni Bachillerato ni Ciclos Formativos), aunque el sistema le pone al alcance unos pseudoestudios paliativos que, con mucha suerte, quizás le abrirán alguna puerta en el mundo laboral, pero obviamente en el sector precarizado.
A fin de cuentas, pues, sucede algo dramático: el sistema educativo, cuya función según la ley es igualar las oportunidades en una sociedad desigual, tiende a perpetuar las desigualdades. Eso es no solo dramático, es muy grave y debería promover un debate encendido de veras. Estamos hablando de personas que quadarán excluídas y precarizadas, que dependerán de ayudas o las que, simplemente, el sistema expulsará y se verán abocadas a un mercado laboral cruel sin ninguna protección. Lo repito: estamos hablando de personas, eso no son números en una estadístico si no personas con nombre y apellido. De personas que, mayormente, proceden de la clase baja y de la inmigración. En un país que se las da de país de acogida, de tolerante y de integrador.
Hace muchos años, cuando empecé en mi profesión percibí muy pronto el bajo nivel de aprendizajes y de competencias instrumentales con el que el alumnado termina la educación primaria, en sexto curso. Lo hablé con otros compañeros de trabajo y una de las ideas más recurrentes, que actuaba como una dispensa o un cortafuegos, era tan simple como esta: bueno, es quedan cuatro años en secundaria y allí aprenderán lo que les falta. Me quedé más tranquilo.
Pero he ahí que, por un giro en las oportunidades laborales, ejercí de profesor de la secundaria postobligatoria y me convertí en docente de la Formación profesional. El alumnado eran jóvenes de más de 16 años en el Grado Medio y más de 18 en el Superior. Allí descubrí la falsedad del argumento anterior. Cuatro y cinco más tarde de haber terminado la educación primaria, el alumnado continuaba arrastrando el déficit en expresión escrita, comprensión lectora y cálculo. A la hora de redactar tienen enormes dificultades, los textos que leen deben ser muy breves y hay serios problemas para aplicar cálculos de proporcionalidad (entre nosotros, la cuenta de la vieja). Un día les di un artículo de cuatro páginas y les dije que en la próxima sesión deberían llevarlo analizado para comentarlo. Se pusieron como fieras: ¿estás loco? me espetaron, ¡te crees que estás en la Universidad!. Les intenté contar que saber leer y analizar un texto breve es una obligación de cualquier profesional, y que en su rama laboral (Servicios a la Comunidad, Educación Infantil, Integración social) lo más común será escribir informes basándose en otros informes, etc. Como ustedes pueden comprender, suprimí de mi programación el siguiente trabajo que tenía previsto: la lectura de un librito de 80 páginas. Temí que hubiera un motín en clase y nungún profesor está dispuesto a lidiar con una rebelión en las aulas.
Durante mi etapa como docente en la Formación profesional, tuve la oportunidad de formar parte de un equipo directivo en un centro en donde se imparte ESO, Bachillerato y Formación Profesional. Este tipo de cargos, entre otras cosas, le obligan a uno a frecuentar y socializar con cargos superiores en la educación, como el cuerpo de Inspectores. Recuerdo que, una vez, le expuse a un Inspector las dificultades con las que nos encontrábamos en la Formación Profesional, con alumnos de un nivel bajísimo y, quizás más preocupante, com alumnado que muestra severas dificultades cognitivas y conductuales. El inspector me escuchó con atención (eso debo admitirlo) pero me dio una respuesta muy rápida que a mi se me antojó como un reflejo aprendido: bueno, me dijo, quizás deberíamos ir preveyendo adaptaciones curriculares en la Formación profesional. Me quedé pasmado y sin palabras.
Si se puede ir pensando en adaptar el currículum en la Formación Profesional para poder incluir al alumnado con dificultades que llega hasta la FP, no sería de extrañar que algún día se plantee la necesidad de adaptar los estudios universitarios. De ser así, podría haber ingenieros o médicos con estudios adaptados a sus dificultades. De ser así, cuando usted acuda a su médico, en el futuro, deberá preguntarle antes que nada por si ha logrado el título de medicina adaptado u ordinario. Y lo mismo cuando acuda al psicólogo, al fontanero, al electricista, al informático, al fisioterapeuta.
En otra reunión con el mismo inspector, casi a final de curso, el alto cargo educativo le preguntó al responsable de la ESO cuántos alumnos iban a graduarse y cuántos deberían repetir el último curso. El Jefe de Estudios de la ESO carraspeó antes de responder: hay 12 alumnos que deben repetir. A lo que el inspector, sin mohín alguno, respondió "¿Doce? no. Cuatro. Los demás ocho se gradúan y hazlo como quieras."
Todo lo que les cuento es verídico, aunque quizás demasiado sucinto y condensado y esquemático, pero verídico: no hay exageración ni caricatura. Algo no anda bien en un país que presenta unos índices económicos nunca vistos, un nivel de calidad democrática ejemplar y en el que, además, su selección de fútbol gana muchos partidos y torneos y añade estrellitas en su camiseta. En la camiseta de la educación no hay estrellas.
Esta es la otra cara de la moneda de la ewntrada anterior. Aquí hay un problema, pero el problema deviene derivado de la baja formación de un profesorado sin motivación alguna.
ResponderEliminarNo hay fe en lo que se hace, ni perspectivas de futuro para el enseñante, así no hay manera de formar personas.