Aún siendo España un país cálido y mediterráneo, esos calores extremos no nos sientan nada bien. Y prepárense, porque cada año nos amenazan con que este será el verano más fresquito de los que vendrán. Los calores sacan a la gente de quicio, y el sujeto mediterráneo también es sanguíneo y de poca paciencia. Así que quizás nos acercamos a un país más crispado.
El bloque de pisos en donde vivo linda con el patio de una escuela, y es uno de esos patios que el Ayuntamiento decidió abrir al barrio para que los niños accedan a él y jueguen en una zona protegida, con monitores y cierta seguridad. Sin embargo, pronto surgieron los problemas. Hubo una reunión de vecinos y decidieron redactar una queja al consistorio, para pedirle que cierren este patio y que abran otro, si lo quieren, pero en otro lugar. No en mi patio, dicen los vecinos. Es algo que ya se había visto, un cierto patrón de conducta. Todo el mundo está a favor de la energía fotovoltaica, pero nadie quiere placas fotovoltaicas al lado de casa. A favor de la energía eólica, sí, pero los molinos de viento que los planten lejos. Me temo que los que están a favor de la energía nuclear no quieren un reactor en su pueblo, y los amantes del petróleo no quieren tener una refinería en el barrio.
Me parece curioso que, en tiempos de una infancia tan sobreprotegida y consentida, se alcen voces contra el ruido que hacen esos locos bajitos jugando con la pelota. Niño, deja de joder con la pelota. A favor de la natalidad, claro, pero que los niños estén en otra parte. El escrito que los vecinos llevarán al Ayuntamiento no lo dice, pero uno lee entre líneas y descubre cuál es la propuesta: que abran los patios de los barrios periféricos. En el centro de la ciudad, al fin y al cabo, todos los patios escolares ocupan el interior de las manzanas.
Los niños que usan esos patios no son, por regla general, niños ricos que gozan de casa con patio propio, jardincito o carné del club de tenis. Un inconveniente añadido: son pobres e inmigrantes, castellanohablantes, y esto también debe joder. Otro elemento: los vecinos pagaron un pastón por el piso en donde deben soportar el ruido de los chavales pobres. ¿Dónde se ha visto que un rico deba doblegarse ante un niño pobre? ¡Pagué muchos miles de euros por mi pisito y ahora vienen cuatro desgraciados pequeños a molestarme! Debe ser cosa de los socialistas, sin duda, concluyen esos vecinos furiosos.
Será por el calor, pero se intuye que la crispación se extiende por el territorio y resulta atractiva, y la gente se despacha con acusaciones y escritos de denuncia. A los vecinos airados les dije que soy maestro de primaria y estoy habituado (¿inmunizado?) ante el jolgorio infantil y podría decirse que ni lo oigo. El vecino me mira con desdén y me suelta: bueno, firmes o no firmes, la denuncia la presentaremos igual. La crispación está de moda y el diálogo y el consenso, demodés. Yo les propuse hablar primero con la Dirección del colegio para ver si se podía llegar a un acuerdo, pero los acuerdos ya no están en el orden del día.
Es el nuevo paradigma: si yo tengo razón, no necesito consensuar nada. Escuché el otro día que un candidato a presidente del gobierno asegura que las bajas laborales son un cáncer para las empresas y que en cuanto mande, impondrá sanciones a quién esté de baja y lo hará con el consenso de los sindicatos o sin él. Ese es el mundo que viene, y que ya está en los vecinos de un bloque colindante a un patio. Si los trabajadores de baja son un cáncer, quizás también lo sean los niños cuando gritan al jugar. Lo del cáncer lo dejo para otro día, pero hay que ser muy torpe para soltar esa comparación.
Me pregunto si no estaremos yendo hacia un mundo escindido en el que mis derechos tienen más importancia que los derechos de los demás, y en donde la capacidad económica tiene algo que ver con esos derechos superiores. El derecho a tener paz y silencio en mi casa particular contra el derecho de los niños a jugar en un espacio seguro y público en este caso. El conflicto entre lo privado y lo público se tensiona: el derecho a tomarme unas cañas en mi balconcito sin tener que aguantar el griterío de los chiquillos en el patio público se argumenta con que ese balconcito me ha costado la friolería de 250.000 euros (por poner una cantidad) mientras que el patio es público y vive de los impuestos... ¡que también pago yo con mi esfuerzo!
Hace un tiempo apareció la idea de crear hoteles free child zone para parejas que no tienen ganas de aguantar esa molestia que son los pequeños ya que pagan un pastón por esos días de hotel. No tardaremos en ver propuestas de free poor and alien zone para relajarnos sin la molestia de pobres inmigrantes paseando cerca, aunque en esas zonas los camareros y las camareras serán africanos, asiáticos o suramericanos -pero debidamente aseados, con buen conocimiento del catalán y arraigados a la cultura y a las tradiciones. ¿Te has fijado? La camarera negrita habla un catalán que parece de Vic. O: ¿has visto? La limpiadora ecuatoriana lleva una camiseta de los Castellers de la Colla Vella de Valls.
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