Hay un hombre, en Cataluña (bueno, en Bélgica ahora mismo), que arreglará el asunto de los trenes en un pispás. Solucionará los líos de Cercanías, no habrá accidentes, subirá los salarios a los trabajadores y repartirá chicles y caramelos a los usuarios. En verano, serán helados de limón o de naranja. Cada 11 de septiembre, dará un chupito de ratafía a todo aquél viajero que lleve algún símbolo patriótico en su atuendo. Si es mujer, será chupito sin alcohol de Aromas de Montserrat. Por la megafonía siempre sonarán canciones muy catalanas, himnos reconfortantes y cancioncillas de Lluís Llach (jamás de Joan Manuel Serrat, por supuesto).
En efecto: el hombrecito de Waterloo no ha tardado mucho en contar que, con él al mando y Dios mediante la independencia catalana, nada de eso sucedería y todo iría de maravilla. Hay que ser bastante zafio para soltar un sandez de este tipo cuando tenemos a un maquinista muerto y un montón de heridos: no parece que sea lo más elegante. Quizás el señorito Puigdemont se acordó de la antigua admonición de Clara Ponsatí, la que dijo que sin algún muerto de por medio la independencia no sería posible, y habrá pensado que ese joven maquinista sevillano puede ser el muerto que necesitamos: a mezquino no le gana nadie (o casi nadie).
El asunto de los trenes está en el corazón de las raclamaciones soberanistas y luego independentistas. Recordarán ustedes que muchos años atrás se propagó la campaña del "català emprenyat" en donde estaba la larva de lo que vino luego. El "català emprenyat" así, con sesgo sexista, era un hombre que protestaba por los peajes de la autopistas (catalanas) y los retrasos de Renfe.
Aunque después llegaron los traspasos de la cosa de los trenes a la Generalitat y la cosa de los trenes más bien empeoró. Claro, era un regalo envenenado. El universo indepe está algo contrariado con este traspaso, ya que es obvio que los trenes de Cercanías siguen con retrasos, averías y demás. La inteligencia de la gestión catalana no se ha notado y eso nos llevaría a sospechar que quizás los catalanes no son ni mejores ni distintos del resto de los españoles. Si seguimos con el razonamiento, quizás caeremos en la cuenta de que los catalanes son españoles. Supongo que por ese motivo piden mayor financiación, para poder seguir echándole la culpa al otro y, de paso, ver si pillo unos euritos más. La mezquindad nacionalista no conoce límites.
Si ustedes le preguntan a un trabajador de Renfe en Cataluña lo que opina sobre su traspaso a la Generalitat verán que los pobres están de los nervios: se temen una privatización inminente y un empeoramiento de las condiciones laborales. Y, posiblemente, van bien encaminados en sus temores. Incluso el PSC catalán muestra un evidente sesgo business friendly, por no hablar de las ideas privatizadoras de los partidos nacionalistas. Y uno ya sabe qué pasa cuando un servicio público se cede a una empresa privada: los ejemplos de deterioro en el servicio y el malestar de los profesionales están al alcance de todos con múltiples ejemplos. Lo que no está al alcance de todos es el pelotazo tremebundo que se llevan los empresarios beneficiarios, esos oscuros grupos de inversores que siempre acechan.
El hombrecito de Waterloo no es muy mayor pero parece que empieza a chochear y que, ensimismado en su chalé belga a las afueras de Bruselas, sigue en su bucle delirante y sus fantasías depresivas. Ya solo sueña en no ser olvidado por completo y en que por favor se lo pido le amnistíen de una vez para retirrarse en algún villorio ampurdanés a escribir memorias y panegíricos. Desalentado por las múltiples tretas con que Sánchez le ha engañado, ahora suspira por un pacto con Feijóo, a ver si por un casual necesitara algún voto del grupo de la Nogueras y mira tu por donde me cae una amnistiíta de esos chicos de la derechona rancia que tanto se le parecen. Piensan lo mismo y solo les separa una banderita: al fin y al cabo... ¿qué es una banderita cuando en lo importante pensamos lo mismo?
Por lo que sabemos hay bastante malestar en los foros de Junts (eso que se llamaba Convergència) y hay mucha gente que está pensando en moverle la silla al señorito Puigdemont, sobretodo en el sector business y los pragmáticos, que están hartos de sus perogrulladas y su autoritarismo sin carisma ni resultados. Creo que a Puigdemont solo le quiere en su puesto la señora Silvia Orriols, que está encantada con el pequeño inútil al frente del partidito, ese partidito que Orriols se comerá crudo en cuando se presente la ocasión. Orriols hace lo mismo que Vox: calla y espera a que la fruta madure y caiga y practica el viejo refrán mexicano: siéntate en el portal y verás pasar el entierro de tu enemigo. Dijo que arreglaría los trenes y mírale ahora, seco como una mojama y camino del olvido eterno.

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