Ir al contenido principal

NADJA ESCRIBE




Hace algunos años, cuando ejercía de maestro rural, llegó una niña nueva a la escuela, con el curso ya empezado. Era una niña menuda, pálida, extraordinariamente rubia, ojos gris azulado. Acababa de llegar de Rusia, de algún rincón de la Rusia profunda.

Su madre acudió a la entrevista y me contó: se había casado, meses atrás, con un ganadero catalán de las tierras altas, un hombre rudo al que solo vi una vez: de verbo parco, de gesto adusto, de mirada torva. Quizás buena persona. Se conocieron por internet, sobra decirlo. Enseguida vi que el ganadero se había comprado a una mujer rusa, rusa y pobre. Ella lo dejó todo para instalarse en una masía de las afueras, en un lugar pedregoso y aislado, de una región desconocida llamada Cataluña. Cuando la mujer leyó "España" en los mensajes del ganadero catalán, quizás pensó en la costa de Cádiz, en Barcelona, en Madrid, en Sevilla. Pero fue un pueblo de mil ochocientos habitantes en el Prepirineo leridano. Una vez allí, y en cuanto se convenció a sí misma de que su marido catalán y ganadero era capaz de aceptar a la hija que dejó en Rusia al cargo de la abuela, mandó que le llevaran a la niña. Nadja. Nueve años.

Me pasaba las clases mirando los ojos de Nadja. Unos ojos abiertos de par en par que ni tan siquiera pestañeaban. Unos ojos grises y glaciales, y a la vez inundados por un pasmo cósmico, por un horror jamás descrito en la literatura. Era tímida, retraída. Nadia no comprendía nada.

No estoy hablando de comprender el catalán o el castellano o las matemáticas: estoy hablando de que Nadja no comprendía su destino atroz, un destino propio de la antigüedad clásica, griego. Hasta fin de curso, que es cuando le perdí la pista, jamás pronunció una sola palabra. Yo intenté establecer algún tipo de vínculo con Nadja. Le dejé libros ilustrados, material didáctico básico, le facilitaba papel, ceras, rotuladores que sustraía del almacén escolar o los compraba en la tienducha del pueblo. Ella sonreía con reserva. Con temor.

Un día, hacia finales de curso, encontré unas hojas con garabatos en su pupitre. Nadja escribía algo en cirílico. Le mandé una copia a un amigo ilustrado que lee ruso. Me dijo: solo son balbuceos escritos, palabras aisladas como pececillos desorientados en un mar helado, es algo previo al lenguaje. Bueno —me dije—, Nadja escribe y contempla, pasmada y atónita, ese giro incomprensible que el destino le tenía preparado.

Desde una aldea remotísima de la Rusia profunda hasta un pueblo de vacas y tractores en la Cataluña profunda. Pero, a veces, Nadja escribe. ¿Para qué escribe Nadia? ¿Por qué escribe? Nadja ha retrocedido en el lenguaje hacia uno que no describe el mundo, o que habla de otro mundo, previo a éste.

El tema me lleva a pensar en viejas preguntas, como la demasiado repetida ¿Para qué escribimos? ¿Por qué? A veces nos decimos: ¿Será solo la vanidad? ¿El aburrimiento? ¿Un aburrimiento vanidoso? ¿Será la escritura una pulsión incontrolable, como la que anima al asesino en serie o al ludópata? ¿No es, acaso, mucho más placentero leer que escribir? ¿Qué oscuro secreto nos impele a practicar actividades dolorosas?



Comentarios

  1. Una vía de escape...por eso escribe, aunque lo impreso sólo lo entienda ella.
    Salut

    ResponderEliminar
  2. Dudo que quien no lea pueda escribir, salvo trazos y trazas. Pero de todo hay en la viña de los señores de la tierra. Lo que relatas de la niña rusa me ha emocionado e intrigado.

    ResponderEliminar
  3. Nadja si habla. Lo suyo entonces era mutismo selectivo.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

LA HUELGA DE DOCENTES, OTRA VEZ

Creo que fue el domingo pasado, cuando una gran algarabía inundó las calles: un grupo de chicos de la cosa del fútbol, todos ellos hombres, todos ellos muy ricos, desfilaron ante el pueblo humilde, que les aplaudía con fervor. Ellos cantaban y reían y bebían, y el pueblo aplaudía cada una de sus gracias. Uno de ellos agitó una bandera con una estrella, y el pueblo aplaudía. Los chicos del fútbol nunca han sido muy listos (quizás por eso juegan al fútbol), y eso le gusta al pueblo: tener la certeza de que se puede ser muy rico sin ser listo y sin estudios más allá de los obligatorios. Muchos niños de hoy admiran a esos tipos ricos que se pasean por la ciudad encima de un autocar haciendo el ganso. El martes siguiente, hubo una manifestación de docentes en las mismas calles. Esta vez, los niños ricos del fútbol se quedaron en sus jacuzzis o en sus chalés y no se molestaron en salir para aplaudir a los docentes. Aunque, a decir verdad, la manifestación de los docentes no pretendía ser vit...

HISTORIA DEL NIÑO EN DIEZ PÁRRAFOS

Les voy a contar un relato breve sobre cosas que suceden en las aulas de primaria. Hoy, un niño de 12 años (¡12!) se presenta en el aula con su teléfono móvil colgando del cuello de un cordel azul, lo hace con ostentación, desafiando a las normas. Cuando el maestro le pide que le entregue el móvil, que será custodiado en el despacho de Dirección, tal como se especifica en la normativa, el niño (12 años) responde que ni hablar y aprovecha la situación para insultar al maestro y a la institución. El maestro le manda a discutir el asunto en el despacho de Dirección (hoy hay un examen muy importante y no se puede perder el tiempo), y al llegar allí el niño de 12 años insulta también al representante de la Dirección y a cuántos docentes se cruzan en su camino. Más tarde insulta de nuevo al maestro y le hace saber que desea su muerte (sic). En algún momento se consigue que el niño de 12 años rellene una "hoja de reflexión" en donde debe escribir cuál ha sido su conducta equivocada ...

EL TURISTA VIRAL

No ganamos para sustos, y se diría que hay alguien muy interesado en mantenernos en estado de susto permanente. Sin duda hay negocio en el susto, por fuerza debe haber negocio en el susto. El capitalismo siempre supo que el dinero está en el río revuelto de los miedos: el miedo a morir, a envejecer o a quedarse solo. La farmacia y la parafarmacia, la cosmética, la intervención estética (des de la operación de pechos o de glúteos a los implantes de pelo o la dentadura perfecta) mueven millones y millones. Solo se trata de avivar los miedos de forma constante y sin pausa. El miedo al terrorismo islámico disminuyó y ahora toca el miedo al virus. Sin duda algo se torció muy mucho con el COVID 19, y muchas generaciones arrastrarán el miedo al contagio. La sociedad parece distinta tras la pandemia de 2019. Ayer mismo vi a varias personas saliendo del Lidl con grandes cantidades de papel higiénico. El susto, a veces, parece inspirarse en los clásicos de la literatura, y en el caso del "h...