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EN VENEZUELA HAY NIÑOS QUE QUIEREN VIVIR



En Venezuela hay niños que han resistido decenas de horas bajo los escombros, decenas y decenas de horas luchando sin desfallecer por seguir vivos y con la esperanza de salir de ese sepulcro en el que pretendió enterrarles un terremoto. Son imágenes escalofriantes y a la vez muy poderosas, que nos hablan del impulso vital y de la energía que la vida desarrolla para seguir ahí. El deseo de seguir vivo emociona y conmueve, ya que nos remite al impulso vital de cualquier animalito, de cualquier planta para resistir, florecer, permanecer. Este planeta es el único planeta con vida en todo el universo conocido. Por lo visto, el planeta ha resistido varios cataclismos y extinciones masivas de los seres vivos.

En el mismo día en el que por la mañana veo en las noticias las imágenes de esos niños rescatados después de varios días entre las ruinas de lo que fue su casa, en la oscuridad, sin agua y sin comida, me hablan del suicidio infantil y juvenil en España. Me lo cuenta alguien que, por su trabajo, tiene un contacto directo con esos suicidios y lo que me cuenta más o menos se resume así: la prensa no lo cuenta, pero cada día hay suicidios de niños y adolescentes.

La prensa española me cuenta que en Venezuela, y por culpa de la "dictadura chavista" y su corrupción y falta de inversiones, el estado es incapaz de rescatar a esos niños sepultados vivos. La misma prensa española que soslaya el asunto del suicidio infantil y juvenil en España.

Quizás ustedes recordarán el caso de las dos niñas de Sallent, las dos gemelas que se suicidaron saltando por el balcón en 2023. El asunto provocó un revuelo considerable, la prensa lo aireó sin manías y quien más quien menos se llevó las manos a la cabeza. Aunque yo también me horroricé, reconozco que, por mi deformación de lector de literatura, pensé en "La vírgenes suicidas", la novela de Jeffrey Eugenides (que luego fue adaptada para el cine en la primera cinta dirigida por una joven Sofía Coppola, hija del director de "Apocalypse Now"). La película está muy bien y contiene imágenes potentes, y creo que sabe contar lo esencial de la novela. Sin embargo, Eugenides es un autor complejo y muy hábil, de modo que debo recomendar su lectura. Dato al margen: algún crítico literario destacó la posible inspiración de Eugenides en la obra de Federico García Lorca "La casa de Bernarda Alba", que también debo recomendar. A Lorca hay que leerle siempre, como sea y donde sea.

Pero volvamos a la paradoja que me tiene perplejo. Los niños de Venezuela quieren vivir y algunos niños de España quieren morir. Esos niños de Caracas no son niños ricos, ni son niños que tengan una vida fácil, no es el bienestar lo que les ata a la vida. El suicidio infantil y juvenil, en España, parece tener poca relación con el nivel de vida: el impulso de muerte es transversal. Tan transversal como la violencia machista o las drogadicciones. La vírgenes suicidas de Eugenides son niñas de clase media, aunque sometidas a una gran presión moralista ejercida por sus progenitores, estrictos y severos. Los niños suicidas de España no son comparables: si viven bajo presión (cosa que no dudo) esa presión no la ejerce una familia muy disciplinaria. La familia suele ser tolerante y comprensiva. De modo que esa presión la debe ejercer un ambiente poco apetecible, un futuro con pocas promesas, un mundo desagradable.

En clase he escuchado muchas veces a personitas muy jóvenes, a veces prepúberes, expresando ideas terriblemente pesimistas. Quizás sería mejor hablar de ideas nihilistas aunque expresadas de forma burda, propia de alguien que tan solo tiene 12 años pero ya piensa que la vida es un fastidio y que nada tiene sentido. Como yo soy su profesor, me hablan del fenómeno escolar: estudiar no sirve para nada, total ¿para qué? Algunos expresan que la vida solo tendría sentido en el caso de ser millonarios y si la vida pudiera ser la vida padre. Y quizás sea eso lo que les hemos trnasmitido, de un modo que podría ser inconsciente. Varios de mis compañeros docentes invierten en oro o en divisas una pequeña parte de su sueldo, o sueñan con premios fabulosos en loterías, o imaginan vidas de lujo y ocio mediante algún giro de la suerte. Después de varios siglos, parece que el dios verdadero vuelva a ser el oro tras el fracaso de las demás religiones. El colapso de la promesa socialdemócrata tiene algo que ver con ello y, en vez de pensar en la reforma de la socialdemocracia, nos agarramos al brillo del oro. El becerro ha vuelto. Fíjense en esa obsesión por las cosas doradas de los grandes ricachones, en las letras doradas de la Trump Tower.

Si la vida no es la vida padre, envuelta en oro, no tiene sentido: ese es el mensaje que reciben esos niños. Algunos de los cuales, ante la evidencia de que su vida no será fabulosa, deciden quitársela. La psicología nos habla de la baja resistencia a la frustración de esa juventud, de la pésima educación emocional recibida, de ese exceso de sobreprotección y de consentimiento que, más pronto que tarde, les estalla ante sus narices y entonces no pueden con los sinsabores, las penas y los contratiempos de la vida. El mundo se les presenta como un lugar complejo y difícil y muchos no lo resisten, tras tanto tiempo de contemplación, de algodones arrullándolos. En las escuelas llevamos muchos años dedicándole horas y más horas a la educación emocional y, sin embargo, este peso cargado sobre la cosa emocional no ha mejorado nada -o quizás lo ha empeorado todo. Más allá de ser capaz de reconocer sus emociones, uno debe aprender a razonar, a racionalizar, a elaborar un discurso sensato, lógico. La autocomplacencia y la sobreprotección en nombre de la salvaguarda de las emociones no ayudan mucho. Si suspendes es porqué el profesor es un mal profesor, le dicen sus padres a un alumno, y él me lo expresa con total tranquilidad, convencido de que la responsabilidad de sus malos resultados está fuera y lejos de él. Más adelante le repetirán lo mismo referido a otros profesores, y más tarde le dirán que si le han echado del trabajo es porqué el jefe es un mal jefe, y que si las cosas le van mal en el matrimonio es culpa de la mujer, sin duda. O quizás de Pedro Sánchez.

Los servicios sociales y los servicios de salud mental se ven colapsados e impotentes ante la avalancha de casos. La realidad de esas instancias es apabullante y estremecedora, los profesionales se sienten desbordados y al límite de su resistencia. Cada año se multiplican los casos complicados, los casos graves, las alarmas, las urgencias. La técnica de servicios sociales con quien hablo me comunica que el expediente de tal o cual niño ha pasado de "Infancia vulnerable" a "Infancia en riesgo". Muchos piensan que el estado debería duplicar o triplicar los recursos en salud mental infantil o juvenil. Me pregunto cuál es el límite del estado en disponibilidad para invertir en salud mental al tiempo que me pregunto si solo son los niños los que están enfermos, si no será que hay algo seriamente dañado en la sociedad y que no sé con qué presupuesto se puede sanar, con qué medios, con qué profesionales.

Ni con qué esperanza.


Comentarios

  1. Venezuela necesitará medios, dinero, los bancos, Cruz Roja, han puesto la posibilidad de que llegue. No me da vergüenza decir que ayer por medio del Santander done 50 euritos, lo mismo hice para Valencia y seguiré haciendo. Otra cosa no puedo hacer.
    Saludos

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