Ser un eterno aprendiz es una buena opción vital. Así lo hicieron muchas de las personas que admiro. Del mismo modo que detesto a quienes se pretenden sabios, expertos o muy listos. Parafraseando a un filósofo mítico, a medida que uno envejece solo tiene una certeza: que cada vez sabe menos, que solo sabe que desconoce, que duda, que no hay más certezas que la anterior. Es más bien una actitud, una forma de actuar. Al fin y al cabo, solo conocemos actos y son ellos quienes mejor nos definen, más allá de las supercherías psicológicas. No es por casualidad que lo que más me gusta de la Bíblia sean los "Hechos de los apóstoles".
Creo que el libro que les reseño trata de eso: de personas (o de personajes) que hacen cosas, que escriben, que cometen atrocidades o bondades atroces. Como el diablo de Goethe, algunos hacen el bien queriendo hacer el mal. Y a veces sucede lo peor: que algunos hacen el mal queriendo hacer el bien, que ya tiene narices. Son relatos desenfadados, gozosos, irónicos, dramáticos y cómicos todo a la vez, y me gusta que por sus páginas desfilen libros y autores, consiguiendo así desdibujar la línea que separa vida y literatura. Tardé mucho en comprender que son una sola cosa y lo mismo. Me emociona que aparezca una referencia a Villiers de l'Isle, un autor que me impactó a los 18 y que no he olvidado jamás.
La literatura ha sido algo así como mi casa escogida desde tiempos inmemoriales, y a esa casa regreso una y otra vez. Me gustan los libros que me producen envidia, los que quisiera haber escrito yo. "El aprendiz de estoico" es, lo confieso, uno de esos libros. Se trata de una escritura gozosa, divertida, a medio camino entre el relato y el artículo, entre la memoria y el olvido, el reportaje y la ficción. Sin ser eso tan raro de la autoficción que se puso de moda hace unos años, aunque como todas las modas, creo que ya declina. (Bueno, ahora que lo pienso, creo que los textos de San Pablo ya son un anticipo de la autoficción).
Por alguna razón que desconozco, empecé a abandonar la lectura de novelas hace algunos años, y solo leo unas pocas, muy escogidas y generalmente debidas a recomendaciones de personas fiables. Creo que J.L. Borges dijo: desconfíe usted del hombre que lee novelas más allá de los 40 años, aunque mi opción no se debe a la obediencia a Borges si no a algo que ha sucedido durante el camino. Y "El aprendiz de estoico" está ahí, en esa zona borrosa, en donde es difícil distinguir lo verdadero de lo imaginado, lo mismo que sucede con la memoria a partir de cierta edad. Creo que, con la edad, el significado de "lo verdadero" se diluye y se amplía: no me queda claro que sea más verdadero lo que dije en una tarde de 34 años atrás de lo que imaginé que dije, de lo que quise decir, de lo que realmente sucedió o lo que me gustaría que hubiera sucedido. Quizás el aprendiz de estoico sabe que la diferencia entre esas opciones importa muy poco porque nada es importante. Y debe ser por eso que pasa su tiempo escribiendo, que es la ocupación más intrigante y misteriosa Y, en realidad, la más sospechosa.
Hace algunos años escribí (y publiqué) un cuento en el que contaba que mi padre aprovechó una cena de navidad para sincerarse con su familia y comunicarnos que nos abandonaba, que se largaba a Chiapas para sumarse a las filas del Subcomandante Marcos y pegar tiros contra el imperialismo capitalista. Poco después de la publicación, recibí el correo de una conocida en el que lamentaba lo que me sucedió y se mostraba escandalizada por la conducta reprobable de mi padre. "No lo sabía", me dijo, "me parece muy grave y también me parece grave que no me lo hayas contado, yo creía que éramos amigos". Me encantó ese reproche y lo sentí como un triunfo de la literatura, que es capaz de generar emociones y reproches mediante la sorprendente credibilidad de la palabra escrita. En el libro que les reseño, el padre del autor también comete algunos actos sorprendentes que nadie es capaz de decidir si son verdaderos, creíbles o plausibles. La suspensión de la credibilidad es uno de los misterios más fascinantes y el acto de amor más fascinante que sucede entre el lector y el autor, en este libro cada artículo contiene una pregunta.
Hay algo crucial que debe contarse sobre "El aprendiz de estoico". Algunos de ustedes sin duda se acordarán de la página "La Charca Literaria", que durante 10 años estuvo publicando dos textos diarios. Pues bien, este libro es la transfiguración en papel de los artículos que Pere Montaner estuvo publicando allí, y el tercer libro que aparece bajo el sello "La Charca Literaria". Y les advierto que pronto vendrán algunos más, a cargo de otros autores (y autoras) de la misma página, recientemente difunta. De este modo, La Charca se suma a los escasos fenómenos de paso de la pantalla al papel. Seguiremos informando.

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