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HISTORIA DE MALAK, UNA ADOLESCENTE EN LA DGAIA

Cuando la Dirección General para la Infancia y la adolescencia (DGAIA) aparece en la prensa es, invariablemente, por algo malo. Parece que sea su sino. Es tan injusto como los hombres, la vida y el mundo. Pasa lo mismo con las poblaciones y los barrios periféricos: ¿ustedes han leído alguna vez un titular hablando de una buena noticia referida a La Mina o a San Cosme? Hay, en esas periferias sociales o geográficas, un halo de desgracia. Las chicas menores prostituidas o abusadas aparecen con una frecuencia discreta pero constante. De vez en cuando salta la liebre y, durante unos días, todo el mundo se tira de los pelos ante la brutalidad de los hechos y la dejadez de un sistema que se muestra cansado cuando no incapaz. Se abre una investigación y nunca más se supo.

Malak (no es su nombre real) llegó a España con sus padres cuando ella tenía dos añitos. La escolarizaron en la escuela del barrio, periferia de Sabadell. En algún momento de la educación primaria empezaron algunos problemas de conducta, disrupción, peleas, insultos. La madre acudía a las reuniones con la tutora y el padre se inhibía: la educación de la niña es cosa tuya, dijo él.

Con la llegada a la secundaria las cosas empezaron a torcerse con más violencia. Hubo expulsiones de dos o tres días por faltas de respeto al profesorado, enfrentamientos en clase. Malak siempre estaba metida en todos los saraos. Luego vinieron los problemas en casa: Malak quiere ser como las chicas españolas, y vestirse como ellas, salir por las noches, quedar con chicos, fumar. No quiere llevar el velo. Es entonces cuando por fin interviene el padre, a quien otros hombres de su comunidad le sugieren que tome cartas en el asunto. El padre, educado según normas muy estrictas, disciplina y castigos, no sabía otra forma de corregir la situación. Un día llegó la primera bofetada. La pilló fumando en un banco de la calle, sentada al lado de un chico español. Y así empezó todo: los golpes se repitieron, ante el silencio de la madre y de los hermanos, que tampoco aprobaban la conducta de Malak.

Un día le explicó a una profesora el infierno que vivía en casa, y la profesora movió hilos: llamaron a un teléfono de protección de menores, se inició un protocolo que terminó con el ingreso de Malak en un centro para mujeres menores en situación de violencia, uno de los recursos de la DGAIA. Malak se libra de las palizas paternas pero encuentra otro problema: la paga que le dan es tan justa que la obliga a llevar una vida escueta y muy limitada: en la ciudad todo es caro. Un día, alguien del centro le expone una posible salida a las estrecheces. Cuando cumpla los 18 saldrá del centro con una asignación económica mayor, ya que podrá ser independiente en un piso tutelado. Hasta que no llegue a esa edad y esa asignación, le dice, podemos hacer un trato: te adelanto el dinero y tu luego me lo devuelves cuando ya cobres.

Un par de años más tarde Malak ya está en el piso tutelado y es entonces cuando la persona que hizo el trato con ella le reclama su parte. Recuerda que me lo debes, tienes que empezar a pagar y no me importa de donde lo saques, eso me da igual, pero tienes que pagar. El mes próximo me das la primera parte, y te aconsejo que lo hagas. Si no cumples me veré obligado a actuar, y entonces te quedarás en la calle porque te echarán del piso tutelado.

Malak está estudiando un módulo de peluquería y de momento es muy difícil encontrar un trabajo. Así que habla con una compañera de clase, Ileana, que vive en otro piso tutelado y Malak se ha fijado en que lleva ropa cara y un teléfono Apple. Ileana le cuenta: en Barcelona hay un hotel en donde podemos ir, nos dejan entrar, allí van hombres de negocios, deportistas famosos, artistas, algunos políticos. Son generosos y muy educados, nada de babosos asquerosos ni viejos. Y también tenemos una página en donde anunciarnos, Onlyfans, tengo un amigo fotógrafo que te puede sacar fotos muy chulas.

Comentarios

  1. Ya sabes que mi hijo es Educador Social. Conoce el caso. Por lo poco que sé, porque no se sabe de la misa, la mitad, la cosa es seria de narices.
    Un abrazo

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  2. Qué peligro, juventud, belleza, consumo. Difícil de controlar, pero me parece que la Generalitat se quiere quitar el problema de encima

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