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LA SEÑORA PILAR EN PRIMAVERA


Ha cumplido los 91 y vive sola en una casita que parece un museo, en donde está todo lo que adora, más que un museo es un templo abigarrado, apenas queda un palmo de pared libre en donde añadir alguna nueva foto, apenas unos centímetros encima de los anaqueles para añadirle otro recuerdo. Aunque a estas edades ya se crean pocos recuerdos nuevos, pasan pocas cosas y las que pasan, la verdad sea dicha, parecen livianas y sutiles, y se desvanecen como los sueños de la siesta, sin dejar rastro. El pequeño templo al dios del hogar, eso ya lo hacían los antiguos romanos. Y aunque hay vírgenes y jesucristos, el templo está dedicado a la memoria familiar, al paso por la vida y a los que la han acompañado.

Ahí está el hijo único, del que se puede seguir su vida desde el niño en blanco y negro al joven graduado, al adulto serio con traje y corbata, al hombre ya mayor que sonríe con esfuerzo desde la lejana Inglaterra a donde se fue a trabajar para no volver, quizás unos días en verano y a veces alguno por Navidades pero es normal, allí tiene grandes responsabilidades. Y está la madre y la cuñada y la nuera, y otras mujeres antiguas, algunas en marcos plateados y otros dorados, barrocos o neoclásicos. Hay escenas de campo más o menos felices, grupos de mujeres con vestidos floreados bajo los árboles, una playa, y la foto del pueblo jienés, cerca de Úbeda.

Nací en este pueblo, al lado de Úbeda. A los ocho años me pusieron a trabajar y he trabajado toda la vida. A los ocho años yo le servía los platos a la señora del cortijo, que estaba sola en el cortijo mucho tiempo. Muchos fines de semana aparecía por allí el marido, acompañado de gente importante, casi siempre militares y altos funcionarios y se iban a cazar y lo querían todo impecable y limpio. Apenas fui a la escuela.

Se marchó del pueblo y emigró a Valencia, conoció al que sería su marido y tuvieron un hijo, un solo hijo. Luego, ya mayores, se compraron esta casita en una ciudad de provincias, con la idea de vivir aquí la jubilación, tranquilos. El marido murió pronto. Es curioso que haya pocas fotos de él, y esta ausencia cuenta una historia. A la señora Pilar le gusta hablar y le gusta que vean su casa, siempre tan limpia y ordenada, ni una sola mota de polvo, nada fuera de su lugar, la cocina impecable como si no se hubiera usado nunca. Como si aquella señora del cortijo, o su fantasma, todavía anduvieran vigilando.

La señora Pilar siempre anda con esa bata y esas zapatillas anchas y se seca la lagrimita que acude a sus ojos aclarados por los años, como si el tiempo fuera agua que cae y se lleva los colores. Ella va a la peluquería una vez al mes, por suerte mi marido me dejó arreglada y puedo vivir sin estrecheces, que eso sería muy triste y veo a otras mujeres viudas que están muy apuradas y me da mucha pena. Aunque no te creas, yo misma me encargo de pintar y repintar las paredes por esas manchas de humedad que me salen, el agua no se cansa nunca pero yo le doy una capa de blanco una vez al año, yo misma, yo sola. Y una vez al año le doy una capa de caucho a las baldosas de la terracita.

Ayer, la señora Pilar agarró una silla del comedor y se sentó en la calle para ver pasar la procesión. Para ser un pueblo hacen una procesión muy bonita y muy apañada. Con las bandas de los músicos y esas figuras.

Cuando ve pasar la imagen del Jesús muerto, yacente en una cama con colchón y sábanas doradas, agarra de nuevo su sillita de madera de boj y se vuelve para casa. Empezó otra primavera.

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