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EL DEVORADOR DE MUNDOS


La vida en la Unión Europea era cada vez más aburrida. Superado el susto de la pandemia y el horror del confinamiento, pensamos que nos esperaba un suave duermevela entre millones de euros en ayudas a la sostenibilidad y la resiliencia. En Europa nos veíamos sumidos en una siesta de balneario, de casa de reposo. Los problemas ya solo eran problemillas.

Pensamos que, en el mundo de hoy, no había mayor pesadilla que quedarse encerrado en casa durante tres meses. Bueno, eso depende de con quién te encierren. Pero en cualquier caso no nos imaginábamos la extrañísima guerra de rusos y ucranianos que nos sacó del adormilamiento en una madrugada de invierno. Nadie se acordaba del pequeño Zelensky ni de ese país corrupto hasta las trancas que preside el otrora actor cómico. Ese hombre que ahora se pasea por el mundo con un suéter caqui mendigando bombas, más bombas y más tanques para lanzarlas contra las regiones ucranianas ocupadas por el malvado Zarof. Uy, perdón: el malvado Putin.

El señor Borrell nos deleitó con su inglés bastante bueno y nos dijo que era necesario darle muchas bombas al hombrecito del suéter caqui, con el argumento -muy peregrino- de que se debe defender a una democracia europea. Bueno, eso de la democracia ucraniana está bastante verde y no se confundan: que en un país haya elecciones de vez en cuando no significa que que haya democracia. También hay elecciones en Rusia, como en Irán. Todo el mundo se puso a contemplar los bombardeos en Ucrania, y un tenue aroma de miedo entró en algunos hogares europeos: esas bombas caen muy cerca de nuestro bieniestar. La guerra no les vino nada mal a los vendedores de miedo, que son socios de los vendedores de harina, petróleo, gas y electricidad, carne, marisco e incluso aceite de oliva: de repente descubrimos que todo lo que consumimos procede de Ucrania y que el malo de Putin nos estaba complicando la vida.

Cuando la guerra del hombrecito del suéter caqui que implora más bombas empezó a cansar, alguien reavivó el avispero de Oriente Medio, ese eufemismo que designa a la barbarie entre Palestina e Israel. Un conflicto sangriento y viejo, pútrido y maloliente. Un conflicto con miles de muertos, heridos, tullidos, huérfanos, viudas. Con miles de jóvenes mandados a morir o a matar. De nuevo nos dijeron que hay un lado bueno: el de la democracia israelí, que es buena por ser democracia y algo parecida a Europa. Sin embargo, el enésimo estallido de odio y violencia llega cuando el señor Netanyahu (otro hombrecito melifluo) más lo necesitaba, cuando más se estaba viendo su escasísimo sentido de la democracia.

La nueva guerra eclipsó a la de Ucrania y mostró más sangre, más bestialidad, más dolor. La siesta europea se terminó. Es posible que Netanyahu también suplique algo: solidaridad, algún misil, mucha comprensión.

En sus pantallas verán durante días los horrores de la guerra palestina y llegará el día en el que se preguntarán si los buenos son los buenos y los malos son los malos. Para mitigar el posible hastío y la duda, algún loco islamista apuñalará a algún cristiano en el corazón de Europa y entonces habrá debate sobre el buenismo, las fronteras, las extradiciones, los castigos ejemplares.

Ya muy lejos de aquella siesta en el balneario, será la democracia misma la que empiece a temblar. 

Hay historiadores que afirman: la guerra ha configurado nuestra civilización. Y quizás esté a punto de reconfigurarla de nuevo. Lo verán en los noticiosos.



Comentarios

  1. Está claro que el panorama es desalentador. Que una guerra solapa la otra, y que siempre hay alguna en marcha.
    No creo recuerdes un quinquenio sin ninguna guerra en el orbe.
    Las armas forman parte indiscutible de la economía y hay países donde sólo se dedican a ello, pues no hay otro tipo de industria, Corea del Norte, sin ir más lejos, o España, si, España, que tiene la producción de minas antipersona más barata del planeta, cinco euros, si, si 5 euros, las vendemos como churros y somos la sexta del mundo en volumen de exportación, pero que curioso, aquí y de eso, nadie nos habla, ni las podemitas, ni los zapateros de turno disfrazados de progresismo buenista.
    Porque está claro que de la derecha podemos esperar cualquier cosa, y la esperamos, pero no de los significantes de los que se llaman izquierda.
    Por cierto, Navantia, Cadiz, está con cinco fragatas de guerra para Noruega; en el Ferrol otras tanta para Arabia Saudí y acabamos de concretar un par más para Marruecos, y no son barcos pesqueros.
    Si hay un país implicado en la guerra, este es España, sin olvidar que tenemos cuatro bases nucleares de guerra de la OTAN en nuestro país.
    A mi no me viene nada de nuevo, pero deberíamos jugar con las cartas descubiertas para no hacernos trampas y saber a lo que vamos y con quién estamos.
    Formamos parte de la maquinaria de guerra de la OTAN, nos guste o no, y si no nos gusta debemos de salir de todo esto.
    Poca cosa más, a mi edad puedo decir.
    Salut

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