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Entradas

Las pocas luces de un alcalde en navidad

El alcalde dispuso seis grandes árboles en el pueblo. Para celebrar la navidad, y para compensar algo suyo, vaya usted a saber qué déficit íntimo. Eso suele ser así. Un antiguo conocido mío se compró una motocicleta de gran cilindrada y me espetó: ¡tú no sabes lo que es sentir una potencia descomunal entre las piernas! El alcalde dispuso seis grandes árboles como seis grandes motocicletas de muchos cilindros. Ahí nos dejó los seis grandes abetos, a la vista del pueblo entero. Ved mis grandes árboles . El alcalde se dijo a sí mismo que era un alcalde ecofeminista. Es decir: ecologista y feminista todo a la vez. El alcalde, llegada la navidad, le emitió dos videos a su pueblo. Por el canal municipal del Youtube. En el primero de los vídeos (o en el segundo, depende de como lo vean) aparece un Rey Mago diciéndoles a los niños que no pasa nada si se compran juguetes femeninos . El Rey Mago habla un catalán rechoncho, ampuloso, como de obra de teatro del siglo XIX. Sí, me han comprendido bi...

Un hombrecito catalán

El hombrecito patalea un rato intentando no hacer ruido. Patalea para calentarse los pies. Patalea encima de una baldosa gélida. Las normas de la ventilación obligan a abrir las ventanas durante 20 minutos cada hora. En el noticioso de la mañana advirtieron de la llegada de un aire siberiano. De modo que el hombrecito, precavido, se calzó unos calcetines de lana que tenía guardados en el fondo del armario. Están viejitos, los pobres calcetines, y se insinúa un tomate en el talón y otro en el dedo gordo. Luego enfundó sus pies en las botas buenas, las de piel. Se las compró con la última paga extra, hace tres años. El hombrecito pasa un dedo por debajo de la nariz y recoge una gota de moquillo helado. Hay que ver lo rápido que se enfría un fluido corporal. Quizás el cuerpo está helado. Patalea de nuevo. Luego se acerca al radiador de hierro colado. Un radiador de los tiempos del antiguo Caudillo. Está frío. Entonces recuerda que las autoridades decretaron que la calefacción se prendería...

La voluntad del pueblo (de Tortosa)

En la ciudad de Tortosa hay un monumento. Está situado en medio del río, cerca del puente que separa el núcleo histórico de la ciudad del barrio de Ferreries. Se yergue, sobrio y serio, enfurruñado, en un islote del Ebro. El río Ebro, que en Tortosa es majestuoso, verde y profundo como un sueño. Un sueño con moscas como hormigas buñuelanias. Se levanta varios metros por encima del agua, más de 20. El conjunto escultórico es más bien horrendo. La estética fascista nos resulta, a día de hoy, siniestra y lejana, como si surgiera de una niebla oscura. Sin embargo, yo nací el mismo año en el que se erigió el monumento: esa niebla oscura es la misma que me vio llegar. Todavía no puedo afirmar que yo habré vivido más que el monumento de Tortosa: si mañana muero, el monumento habrá sido más longevo que yo. Creo que no existen los paréntesis oscuros ni las largas noches fascistas . Y, si existen, toda la historia podría ser un paréntesis oscuro. Entre la nada y la nada. Remítanse a Schopenhauer...

Un alcalde del pueblo

Suelo hablar muy poco de mi pueblo. Quizás no me siento arraigado en él, quizás me siento de paso. Como en todas partes, como en la vida. Pero a veces, aunque uno no lo quiera, se encuentra con su pueblo. A veces se da de bruces con él. Esta vez me di de bruces con el mismísimo alcalde de mi pueblo. El alcalde de mi pueblo es un hombre relativamente joven, melifluo, ambivalente. Hay algo en su sonrisa que parece impostado. Es hábil en las distancias cortas, me cuentan. Y me lo creo. Su sonrisa tiene algo de seductor experimentado, pero también de actor de culebrón venezolano. Tiene algo de falso. De tramposo, de impostado. De farsante. Cuando le preguntaron, durante la campaña electoral, si era independentista, respondió que él era "terrasista" (hablamos del pueblo de Terrassa, ya lo ven, pues). Su respuesta parece ingeniosa pero solo es un subterfugio escaso: ¿significa que está por la independencia de Terrassa?. Bueno, significa lo que ustedes han pensado: que el alcalde no...

La tristeza de Campoamor

Con la hora otoñal, las seis de la tarde son las seis de la noche. Poco antes, por la ventana, veía acercarse la nube cargadita de lluvia gris azulada, casi malva. Estamos en la zona oscura del año y la tristeza sale a pasearse cada tarde, a eso de las seis. El asfalto está triste y se ha puesto a llorar como una magdalena. El perrito de la vecina anda cabizbajo y olfatea el rastro de un congénere que ya no está, que se evaporó otra tarde, hace muchas tardes, en Campoamor. El Paseo Campoamor se llena de gente mayor a eso de las seis. Salen a por algo que advirtieron que les faltaba para pasar esta noche, al ver que la noche ya estaba aquí, otra noche, a la espera de la noche larga que, por lo que parece y si Dios quiere, no será la de hoy. En la radio dicen que a alguna autoridad se le ha ocurrido: ¿y si confinamos a la gente mayor?. Las autoridades no ganan para ocurrencias. Hay un viejecito de hojas blancas, piel grisácea y muy escuálido, menudo y achaparrado, a quien cada día me lo ...

El mal vivir en Cataluña

Nadie quiere vivir mal y, sin embargo, a menudo es imposible evitarlo: desgracias pequeñas o grandes y propias o ajenas, imprevistos lamentables, malas noticias, tormentas. Ahí está: hay un montón de males que, como los virus y los buitres, nos sobrevuelan. Una mala coyuntura cuyo origen es lejano, remoto o desconocido nos puede dejar enfermos, pobres, hambrientos, desahuciados. Contra eso no podemos hacer nada. O casi nada: quizás algo de prevención, a los sumo. Esos males son los males que debemos (o deberíamos) aceptar a cambio de estar vivos. Pero no deberíamos aceptar otros males además de esos. No deberíamos aceptar chantajes, abusos ni amenazas. No debemos agachar la cabeza ante el miedo de los que quieren infundir miedo. Ese tipo de males no provienen de la naturaleza ni del azar. Algo así lo dijeron pensadores griegos y muy importantes hace miles de años. Pero ya lo ves, debemos repetirlo. Repetirlo una y otra vez. Lo que nos sucede, en Cataluña, es que llevamos demasiad...

Los trenes serán siempre nuestros

Tuve que ir a Barcelona y, como siempre, fui en transporte público. Entrar en la gran urbe con el coche es un pequeño infierno. Aunque este es un infierno evitable, cosa muy de agradecer y más aún tratándose de un infierno: por norma general, los infiernos son obligatorios. Por razón del lugar al que debía acudir, elegí los Ferrocarriles de la Generalitat. Hice una excepción, ya que suelo optar por la Renfe desde hace algunos años. Huelga contar el motivo. La hora en que subí al tren suele ser bastante buena. No hay mucha gente y uno incluso puede ir sentado. Pero este día no fue así: los vagones iban abarrotados. Abarrotados de gente con cachivaches amarillos de plástico, de tela, de papel. Y banderas estrelladas. Uno llevaba su Iphone protegido con una funda amarilla y su pecho con merchandising indepe variado: lazos, chapas con eslóganes y adhesivos con frases muy ingeniosas. No debe ser él quien lava las camisetas en su casa, ya que, de serlo, sabría lo que significa pegarle un a...