Quizás alguien conoce o recuerda el poema de Kavafis en el que espera la llegada inminente de los bárbaros. Esperando a los bárbaros, se titula. Es un texto que se debe leer despacio y pensando en cada verso. En el poema, el emperador y su gobierno suspenden la actividad, convencidos de que los bárbaros tomarán el control enseguida y proclamarán sus nuevas leyes. Pero pasa el tiempo y los bárbaros no llegan. Finalmente, alguien descubre que los bárbaros no existen. Los dos últimos versos del poema dicen así:
¿Y qué va a ser de nosotros ahora sin bárbaros?Esta gente, al fin y al cabo, era una solución.
El fantástico novelista J.M. Coetzee escribió una novela con el mismo título, Esperando a los bárbaros, algunos años más tarde. La novela toma el espíritu del texto de Kavafis para contar la historia de un magistrado en una zona de frontera. El imperio inventa la amenaza de los bárbaros desatando una espiral de violencia, racismo y crueldad. El protagonista presencia la brutalidad de los cuerpos de seguridad y cuestiona su lealtad al poder. La novela de Coetzee me produjo una impresión notable y me llevó a leer otras obras suyas, y en todas ellas nos cuestiona y nos ayuda a pensar.
Algo nos dice que vivimos en una réplica de la novela de Coetzee que tiene mucho del poema de Kavafis. Me explicaré.
Aunque los políticos tienen (o deberían tener) la obligación de hacer pedagogía hacia la ciudadanía, mucho me temo que, o bien han renunciado a ella o bien han optado por envenenar el ambiente y embarullar la opinión. No estoy hablando del gobierno si no del conjunto de políticos, los diputados del Congreso y de las autonomías, toda esta gente que debería trabajar por la mejora del bien común, por la formación democrática de la ciudadanía. Lo dijo hace dos siglos el gran Alexis de Tocqueville y hace pocos días el alcalde de Nueva York lo ha expresado con otras palabras: la democracia solo funciona en una sociedad de convicción democrática, la democracia solo funciona cuando resuelve los problemas de la ciudadanía. En caso contrario, aflorará el sentimiento autoritario.
En función de sus intereses, una gran parte de los políticos ha optado por anunciarnos la enésima invasión de los bárbaros (fíjense en el poema de Kavafis, que sitúa esta idea en tiempos del Imperio Romano). El resultado es visible, y es el de Coetzee: se desata una espiral de racismo y de crueldad. Y, por consiguiente, se desata también un sinfín de propuestas autoritarias y represivas cuyo fin parece ahondar en cuestionar los mecanismo democráticos inspirados en la socialdemocracia, que a su vez se inspiran en los Derechos Humanos, que a su vez se inspiran en los ideales de la Ilustración y estos, a su vez, en las ideas humanistas (que pueden ser cristianas o no).
Hace escasos días asistí a un debate entre maestros en donde nos preguntamos por esos resultados tan escabrosos de las pruebas PISA y no faltó quién nombró a la inmigración como parte del descalabro. La inmigración nos ha llevado a nuevos retos en el mundo educativo, es cierto, pero también nos ha llevado aire y voces nuevas. La realidad es una realidad de migraciones (al fin y al cabo esta es la historia de la humanidad), de nuevas convivencias e integraciones o conflictos entre comunidades, de diálogo y de acuerdos. Nada de eso ha sido fácil, pero si nos fijamos en España veremos que llevamos 50 años (y un poquito más) después de la dictadura sin tener guerras civiles, un hito increíble en nuestra historia tan trágica. Aunque haya quienes sienten nostalgia de las dictaduras y de las guerras civiles, esa también es la realidad. Y otra realidad es que la inmigración que vive entre nosotros ya es nosotros.
A lo largo de los años de docencia, he conocido a muchas familias inmigradas que le dan un alto valor a la educación de sus hijos e hijas y que muestran un gran respeto por la insitución. Un respeto a menudo superior al que proyectan algunas familias "autóctonas". En esas familias, la cultura del esfuerzo sigue vigente y las familias esperan que sus hijos e hijas mejoren sus expectativas de futuro. Es decir, todavía creen en el ascenso social mediante la educación. ¿Se acuerdan de ello?
Quizás la inmigración cree nuevas situaciones, y nuevas preguntas y nuevas oportunidades, y quizás sea eso lo que muchos políticos desprecian. O temen. El político reaccionario siempre reacciona ante los cambios, añorando un tiempo antiguo en el que las cosas eran más de su agrado: las mujeres en casa, cocinando y lavando platos, las hijas preparándose para ser buenas esposas y enfermeras o maestras como mucho, los niños para ingenieros o militares, la misa abarrotada, el marica escondido en su armario, el traje de luces, el señorito cazando corzos, el crucifijo presidiendo el aula, el Tercio de Montserrat, la patria grande, la criada filipina con la cabeza gacha y Gibraltar tan español como Ceuta.

He consultado en Gemini, el porcentaje de emigrantes en las muestras escogidas para el informe Pisa. Resulta que para España es el 20% y para Finlandia 2%.Pará mi es uno de los muchos errores que tiene el informe.
ResponderEliminarSaludos