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EL MAESTRO SE DISUELVE


Un maestro jubilado, que tendrá unos diez años más que yo, intenta contarme porqué los maestros cometen tantas faltas de ortografía. Esto sucede durante una charla de verano que pretendía ser consecuente con el verano y, por lo tanto, liviana. Antes -me cuenta- y antes significa en los años 60 y 70, quienes iban a estudiar Magisterio eran generalmente gente idealista, muy vocacional y a menudo muy ideológica Eran gente que creía firmemente en el ascensor social que proporciona la educación y tenían en una alta estima a la educación pública. Se podría decir que más allá de la vocación, había algo de militancia educativa.

Yo estudié Magisterio en los 80 y creo recordar que todavía había algo de esta militancia entre mis compañeras (y escribo compañeras para destacar que, el alumnado de la Facultad de Ciencias de la Educación era muy mayoritariamente femenino). Una de ellas estudiaba Ciencias Exactas por la mañana y Magisterio por las tardes, era un cerebro prodigioso y, a la vez, una persona con muchos ideales. Por lo general, en nuestros ratos de ocio discutíamos de política de cultura. Íbamos al cine al ver películas de arte y ensayo, leíamos libros de filosofía de la educación que no estaban en las lista de lecturas obligatorias del curso. No crean ustedes que todo terminaba aquí: por supuesto que salíamos de noche hasta altas y nos emborrachábamos, algunas frecuentaban las discotecas y muchas fueron madres muy jóvenes, quizás demasiado jóvenes. No recuerdo a nadie que hiciera deporte ni que fuera al gimnasio aunque eso no es significativo: en los 80 los gimnasios eran otra cosa, muy alejada del interés general. Que yo recuerde, solo en el Instituto de Secundaria tuve a un compañero que hacía artes marciales por la tarde y eso nos parecía algo muy curioso y muy marginal.

Inferir que el auge del gimnasio influye en la caída del interés por la cultura debe ser una inferencia excesiva, pero me atrevo a decir que forma parte de la explicación. En la actualidad, tengo compañeros de trabajo que van al gimnasio a diario y eso tiene una buena importancia en su vida, en su día a día. Tanto es así que un día, durante el ratito del café después del almuerzo, les sugerí: ¿cómo lo veis ir cuatro días al gimnasio y en el quinto leer? Les pareció una courrencia graciosa o mejor que eso: la broma irrelevante y poco graciosa de un compañero añejo.

El edadismo existe, y existe en las dos direcciones. Si bien los jóvenes tienden a vernos carrozas a los compañeros de más de 50, también es cierto que los mayores de 50 tendemos a ver ingenuos, ignorantes y poco cultivados a los más jóvenes. Observo apsadumbrado no solo su afiliación al gimnasio sinó también a las series de Netflix más simplonas, al manga y al anime, o las opiniones políticas de una superficialidad pasmosa y desprovista de cualquier bagaje. Y eso me preocupa: ¿cómo transmitirá el amor (dejémoslo en interés) por la cultura quién no siente ningún interés por la cultura? Hace poco, una compañera de trabajo me contó que había dado con el mejor libro que había leído en toda su vida: se trata de "El caso de Harry Quebert", un bestseller muy comercial -que no he leído. Estuve tentado de preguntarle cuáles fueron sus otras lecturas pero no osé preguntarlo: la pregunta contenía una arrogancia indigna e inapropiada. No está bien juzgar a los demás, y menos por sus lecturas. Y no obstante, creo que unos años atrás ni ella habría contado eso ni los demás hubieran tenido tanto respeto por su falta de lecturas.

A partir de cierta edad, el ser humano tiende a pensar que las generaciones siguientes son inferiores en preparación intelectual. Eso ya le pasaba a Aristóteles, que se escandalizaba por la falta de curiosidad y de nivel de los jóvenes que acudían a su escuela. Es decir, existe el sesgo de la edad y debemos tenerlo en cuenta como un fenómeno psicológico que está ahí. Hace poco di con la explicación de un neurocientífico que afirma: cuando uno es joven ve muy bien las hojas de los árboles, ve con más dificultad el árbo y es incapaz de ver el bosque. Cuando uno es mayor ve con mucha facilidad la complejidad del bosque pero es incapaz de fijarse en cada hoja. Es una explicación bonita. Así pues, la tendencia a creer que las generaciones siguintes son más ignorantes forma parte de la vida. Yo mismo me doy cuenta de que mi "yo" de los veinte (o de los treinta, o de los cuarenta) era poco más que un zoquete integral con breves destellos de lucidez. Y creo que esos "breves destellos" son obra de un ataque de indulgencia. De autoindulgencia más bien.

A pesar de los sesgos edadistas y de la autoindulgencia, hay algo objetivo. El maestro (la maestra) actual yo no tiene nada de vocación, de una vocación entendida como un creencia militante y casi ferviente en el poder igualador de la educación. Hay maestras eficaces e implicadas, por supuesto, pero la fe ya no está en ellas. Quizás esto explica ese interés en luchar por la subida del salario. El alumnado actual de las facultades de Magisterio, me explica ese maestro jubilado que luego ejerció muchos años como profesor de Magisterio, autor de libros y durante muchos años un referente de la educación pública catalana, es un alumnado que ve el Magisterio como una oportunidad para sacarse un título con garantías de puesto de trabajo, que se ha sacado los estudios previos a trancas y a barrancas y cuyas ideas políticas, en el caso de existir, ya no están en la izquierda ni la palabra "ideal social o político" forma parte de su vida.

Hace poco, encontrándome yo como profesor de un grupo especialmente difícil y conflictivo en la escuela de un barrio periférico, tuve la ocurrencia de pedir la participación de un miembro del equipo directivo para intentar reconducir su falta de interés. A ver si les puedes dar una charla, todas las opciones son válidas ante este grupo tan poco interesado en aprender, pensé con una ingenuidad mayúscula. El miembro del equipo directivo que acudió fue un hombre demasiado joven. El mensaje que trasladó al auditorio fue este: yo ya estoy situado, soy funcionario; pero vosotros todavía tenéis muchos años de escuela obligatoria por delante. He ahí el valor de la cultura y de la educación que les transmitió, una pura función instrumental para acceder al mundo laboral en donde situaba la condición de funcionario en los más alto de las opciones, poniéndose a él como ejemplo. Un retrato del joven profesorado español.

A veces he pensado que la educación pública está en decadencia. Pero creo que lo que sucede se sitúa más allá de la decadencia, y lo que está más allá de la decadencia es la disolución. Quizás lo que sucede es que ya nadie cree en el valor de la educación pública y que su disolución es la opción deliberada. Mi sospecha es muy triste: vamos avanzando hacia un mundo que se parece mucho al medieval, con una clase dominante culta y formada y otra clase baja, ignorante y crédula, sumisa a los eslóganes que les manden desde arriba. Los maestros de hoy son el primer eslabón de la disolución. Y lamento soltar este diagnóstico cuando pienso en los maestros y las maestras implicadas y creyentes que todavía resisten en el gremio porqué para ellas es injusto saber que ya no creo en nuestro trabajo, y que lo que creo es que estamos contribuiendo en lo opuesto a nuestro ideal: creo que la educación pública actual solo perpetúa la diferencia de clases y de oportunidades y mantiene la estanqueidad de las clases y asegura una mano de obra barata, cuando no precaria, mientras está ensimismada en la educación emocional, cuyo objetivo es que los futuros precarios acepten su realidad sin rechistar y controlen su malestar. 



Comentarios

  1. Claro, esto lo leen y ya está el lío en contra de los maestros, del profesorado en general. Lo mismo que ocurre en el plano sanitario y en, engeneral con los servidores públicos, los políticos. De aquí a la violencia verbal de los padres, de los alumnos, porque estamos en una sociedad de derechos y libertad.
    No se por qué, crees que tú has tenido vocación y los demás no.Desde el momento que una persona se encierra con 50 nenas, con todo su sistema hormonal juvenil y digamos mala leche y enseña. No es vocación religiosa, es que sirves para ese trabajo. De lo contrario te vas o te echan. Como es duro, luchas por tu sueldo
    . Con 50 nenas en la Verneda, con sus correspondientes padres, en los 80.
    Por la lucha, la cosa ha mejorado
    Saludos

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  2. Por mi parte creo que no estamos ante la disolución de la educación, sino ante la metamorfosis (el cambio) de lo que la sociedad entiende por 'progreso'.

    En los 60, 70 y 80, la cultura académica era el único canal de emancipación y movilidad social, no había manifestación con la que no se contara con el profesorado. Hoy, creo, el sistema ha precarizado tanto las expectativas que la juventud —incluidos los futuros maestros— ha desarrollado un pragmatismo defensivo: buscan estabilidad (el puesto de funcionario, el gimnasio como autocuidado) porque el idealismo les parece una trampa que ya no garantiza nada.

    Tienes razón en que la pérdida de militancia debilita la escuela pública, ! y tanto que la debilita !, pero me pregunto si no le estamos pidiendo al maestro individual que cargue sobre sus espaldas la responsabilidad de reparar un sistema económico que decidió, mucho antes que ellos, que la cultura crítica ya no es prioritaria."

    El paso de la 'militancia pedagógica' al 'pragmatismo del funcionario' (al que nos hemos referido anteriormente) retrata no solo la crisis de Magisterio, sino el repliegue individualista de toda nuestra sociedad. Sin embargo, mientras queden docentes capaces de escribir y pensar con la lucidez con la que tú lo haces, la resistencia sigue viva.

    Un abrazote con inmenso carño, LLUIS.

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