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LOS MAESTROS TRABAJAN POCO Y MAL (EN LA ESCUELA PÚBLICA)

El malestar en la docencia catalana (así como en otras partes de España) se ha manifestado con las continuas huelgas, protestas y reivindicaciones que arrecian des de principios de 2026. A día de hoy todavía no se sabe si se ha firmado la paz con la Conselleria d'Educació, depende de algo tan etéreo como el referéndum que el sindicato corporativo USTEC ha organizado y cuyo resultado se sabrá el jueves 4 de junio. En el caso de que no haya pacto, el curso terminará con huelgas amén de otras posibles formas de presión.

Dicen los docentes que se han hartado de los sueldos bajos (un docente catalán cobra menos que un docente de la inmensa mayoría de las demás comunidades autónomas), de la cantidad tan elevada de alumnado en el aula, del exceso de burocracia y de la concreción del Decreto de Escuela Inclusiva (por decirlo en pocas palabras). Lo de la escuela inclusiva significa, para simplificar, la incorporación a la escuela ordinaria de alumnado con necesidades educativas especiales. EL alumnado se ha incorporado, pero la dotación de profesorado especializado es muy parca: el día a día en las aulas es más difícil todavía.

Tras unos cuantos años en la escuela pública, sí puedo contar que el malestar ha crecido. Y que la realidad se vuelve difícil. Solo hay que ver el número de bajas laborales por estrés y otros factores psicológicos para darse cuenta de la complejidad de un trabajo que, a nivel social, ha perdido respeto. El maestro (es decir, la maestra) ya no es alguien respetable: si ustedes lo preguntan, muchos les dirán que los maestros tienen muchas vacaciones, una jornada laboral muy breve y que le ponen poco esfuerzo. Ese descrédito creciente tiene muchas causas, y hay que decir que las autoridades catalanas han sido una de ellas: des de las altas instancias de la educación se ha sugerido una formación escasa (la reforma de los estudios de Magisterio siempre está pendiente) e incluso se ha intentado limitar el periodo de vacaciones de verano más de una vez, trasladando a la opinión pública la idea del exceso. No han faltado, en los últimos años, la críticas a la poca competencia en lengua catalana del cuerpo docente y a la poca competencia digital: se han hecho algunos pasos para corregir ambos déficits, aunque son pasos tímidos y a veces propagandísticos. 

Cuando algo cae en el descrédito, las críticas arrecian. Del mismo modo que al perro enfermo van las pulgas. Algunas organizaciones ultranacionalistas se han hartado de denunciar que las maestras no hablan en catalán en el recreo y que, incluso en el aula, lo usan poco. Y han exigido mayor control, rigidez y sanciones.

Todo eso tiene algo que ver con una crisis más profunda: la fe en el ascenso social mediante la educación ha caído en vertical. Es frecuente que, en clase, el alumnado lo manifieste: mi padre no estudió y gana mucho dinero, o bien: eso que nos cuentas no sirve para nada, o bien: yo seré youtuber y para eso no se necesita ningún título. Es habitual que los alumnos le pregunten a la maestra cuánto dinero gana, para certificar que es un trabajo de categoría baja y, en consecuencia, indigno de respeto. Los conflictos entre alumnado y profesorado aumentan, del mismo modo que los conflictos entre las familias y el profesorado, al que se le cuestiona su trabajo. Tengo un alumno que suspende en todas las asignaturas, trimestre tras trimestre. Jamás su familia se ha interesado por ello. Hasta que, un día, le impuse una sanción por mala conducta: el mismo día de la sanción, el padre llamó a la escuela para protestar por el castigo, pedir explicaciones y solicitar una entrevista.

Hace pocos años, una madre se quejó a su tutora de segundo de primaria de que su hijo, a los 8 años, todavía no supiera abrocharse los cordones de los zapatos. Eso, que parece un chiste, no lo es: a la escuela se le exige cada vez más desde una cierta renuncia a la educación en la familia, que a su vez refleja problemas sociales de otro orden: las madres y los padres trabajan muchas horas, tienen vidas difíciles (familias monoparentales, dificultades económicas graves y una lista larga de precariedad) y a menudo no comprenden muy bien los nuevos proyectos pedagógicos o las nuevas metodologías.

Y tampoco debemos olvidar la cuestión muy grave de la adicción a las pantallas de los menores y los más jóvenes, con todo lo que conlleva la sobreexposición a un medio sin control alguno, por donde se difunden ideas políticas de toda condición, pornografía, adoración al dinero, y algo que suele contarse poco: un discurso fácil y simplista en extremo expresado a través de vídeos muy breves, a menudo "graciosos" y desprovistos de cualquier principio ético y empático. Reírse de las desgracias de otro, o de su aspecto, o de sus dificultades cognitivas. La educación que está en caída libre no es lo que pasa en las escuelas: es la que pasa en el mundo. El incremento de alumnado con necesidades educativas especiales ha aumentado (en Cataluña) un 30% en los últimos 12 años. En este grupo debemos incluir al alumnado disruptivo, conflictivo, con problemas conductuales. No sería muy difícil relacionar pantallas con  problemas derivados de la falta de atención. Hace pocos días, un alumna con dificultades y un índice de absentismo elevado me confesó que se pasaba entre 10 y 12 horas al día ante la pantalla (y tengo indicios para creerla). Cuando le pregunté qué opinaba su madre sobre este asunto me respondió que "mi madre no se entera de nada". Su madre, sin embargo, suele exigir a los docentes que traten a su hija en función de sus necesidades especiales.

Trabajar en la escuela se ha complicado mucho en un par de décadas, pero de ello no se puede acusar a nadie en concreto, ni serviría de nada hacer huelgas para pedir un aumento de la credibilidad de las maestras y de las escuelas. Les aseguro que si estuvieran permitidas las cámaras en las aulas, no darían crédito a lo que sucede en ellas, ni a lo que supone ejercer la docencia a día de hoy: intentar desarrollar una clase con su contenido y sus aprendizajes académicos al mismo tiempo que se gestionan las disrupciones, los conflictos y las situaciones imprevistas. Según el artículo de una neuróloga, una maestra toma más decisiones importantes por minuto que un neurocirujano. Quizás así se comprenden las bajas por estrés laboral.

Un catastrofista diría que la crisis de la educación es un signo (uno más) de la decadencia de nuestros tiempos, un aviso del colapso de una sociedad agotada. Sin embargo, en los centros privados no suceden las mismas cosas ni se aprecia la decadencia. El resultado es evidente: las familias prefieren las escuelas privadas (concertadas) y la única víctima de todo ello es la educación pública, que es quien se encuentra en el atolladero. A uno se le ocurre que quizás a las autoridades no les molesta demasiado esa situación, ya que los distintos gobiernos autonómicos catalanes no han hecho casi nada para eliminar la anomalía de la escuela concertada.

En una de las protestas de los últimos días, grupos de docentes decidieron cortar autopistas en diferentes puntos, en una operación que contenía varios guiños narrativos a las protestas independentistas del período del "procés". La imagen de los docentes interrumpiendo el tráfico de camiones (y de vehículos en general) no favoreció mucho a los docentes, y los medios públicos se encargaron de mostrarlo. El relato se puede perder con un acto tan posiblemente torpe como este. El sindicato que promovió el corte de autopistas es mayoritario en la escuela pública, pero minoritario en la privada. Eso es un dato. La escuela concertada se está mostrando mucho menos conflictiva y, en consecuencia, habrá más demanda en ella.

Es un dato: muchas maestras de la escuela pública llevan a sus hijos e hijas a la escuela concertada porqué les ofrece mayor garantía de éxito. No es un dato anecdótico, es muy significativo. No creo que exista ninguna encuesta sobre ese asunto, pero si existiera sería revelador. ¿Un católico le recomendaría a su hijo que se hiciera budista? Hace algún tiempo, tuve una Jefa de Estudios con quien teníamos muchas afinidades políticas y culturales y con quien hubo cierta amistad. Estaba afiliada a Comisiones Obreras y votaba a la izquierda radical. A menudo me hablaba de los éxitos académicos de su hijo, que estaba estudiando una ingeniería muy prestigiosa. Yo, con toda mi ingenuidad, le pregunté: ¿a qué escuela llevaste a tu hijo? A los escolapios, -me dijo- con la educación de los hijos no se juega.

Comentarios

  1. Me parece un comentario muy lúcido. Yo trabajé 33 años en institutos públicos como profesor de filosofía. Hice lo que pude como profesor, tutor, coordinarios y puntualmente director. Tuve pocas bajas. En mi entorno ví de todo. Profesores responsables y no responsables, buenos y malos. Me pareció de una mínima coherencia ( como profesor de la pública y demfensor de la escuela pública)llevar a mis cuatro hijos a centros públicos. Desde mi jubilación veo con cierto escepticismos las últimas movilizaciones. Después de tantos años de gobiernos nacionalistas me parece algo sospechoso que se vaya tan a saco con un gobierno más dialogante y menos nacionalista ( ojalá pudiera decir no nacionalista). Estuve afiliado a CCOOO y a la USTEC un tiempo y al ginal lo que ví fueron castas sindicales inoperantes y desligados de los problemas reales.

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