Las madres y los padres de mis alumnos son personas de entre 30 y 40 años, de modo que todos ellos (en especial los autóctonos) pasaron por la educación democrática, en la que se les educó en valores cívicos, en gestión de las emociones, en ciudadanía, en la importancia de la participación. Pero es evidente que este "background" contiene algunos errores o no es apreciable. Las madres y los padres suelen ser reivindicativos, pero solo para reivindicar los derechos de sus hijos e hijas y para cuestionar el trabajo de los docentes. Cabe concretar algo relevante: la mayoría de las familias inmigrantes suelen ser más empáticas y colaboradoras que las autóctonas. Suelen mostrar un mayor respeto por las instituciones como la escuela. Hasta cierto punto no me parece mal que la gente sea crítica: debemos ser analíticos y protestar cuando es necesario. Pero...
Pero... tengo varios alumnos en la clase que han suspendido todas las evaluaciones hasta el día de hoy, todos los exámenes y, sin embargo, no han solicitado ninguna entrevista con el maestro para interesarse por los malos resultados. Hasta que un día, el niño (o la niña) ha cometido alguna infracción y se ha ganado una consecuencia disciplinaria (es decir, un castigo que suele ser de tamaño muy pequeño, como puede ser uno o dos días sin derecho al patio): en este caso la familia sí llama para cuestionar la medida disciplinaria y, normalmente, exigen su retirada inmediata. Nada tienen que decir sobre los malos resultados académicos, como si esos resultados fueran de un orden muy inferior. Lo que dicen esas familias es: lo prioritario es que mi niño pueda ir al patio.
Hace pocos días, un alumno dañó un mueble de la escuela, recién comprado, con tal mala suerte que el Jefe de Estudios lo presenció. Llamó a su familia, les contó lo ocurrido y les añadió que el acto de su hijo tendría consecuencias. La familia escuchó y no objetó nada. Pero por la tarde aparecieron la madre y la abuela del alumno en la puerta, exigiendo ver inmediatamente al Jefe de Estudios. Por lo visto el alumno les había explicado una versión "distinta" de los hechos que le exculpaba, y la reunió que pedían tenía por objeto contrastar las dos versiones. Es decir: ponían en en el mismo nivel la versión del niño y la del jefe de Estudios, dando por hecho que uno de los dos mintió. Tal como lo leen.
Hay algunos niños que no traen los deberes (solo tienen deberes el fin de semana) y cuando se les pregunta por ello responden con suficiencia: "no tuve tiempo, si quieres llama a mi madre y te lo contará". Y estoy seguro de que sería así: la madre lo justificaría. Cuando algún alumno se excede demasiado en su conducta y su familia recibe una nota en el correo electrónico contando el incidente, es muy raro que la familia responda. Hace poco le pregunté a un alumno: ¿qué te ha dicho tu padre después de leer el correo que le mandé? La respuesta del chico fue simple: "Me ha dicho que te denunciará". Uno de estos añadió "Cuando recibas la denuncia te vas a cagar". Y debo añadir yo: jamás he tenido ninguna denuncia, la amenaza se hace de un modo deportivo y lúdico, el pasatiempo de atacar a la institución. No han encontrado el tiempo para irse hasta la comisaría y declarar, es todo como una broma facilona y superficial, pura banalidad. Hay un placer evidente en el ataque sistemático a la institución, a cualquier institución. El debilitamiento de la democracia se expresa también de esta forma, poniendo en duda sus valores y sus premisas, asaltando cualquier representante de las instituciones.
En el grupo de Whatsapp de las familias del grupo, una madre pidió recoger firmas para echar al tutor. Dos familias más se unieron a la propuesta. Me cuentan: no te preocupes, tres familias en contra son muy pocas, son insignificantes. Pero yo no estoy de acuerdo: tres me parecen muchas. Y más si tengo en cuenta que los tres niños cuyas familias sugieren que se eche al tutor son los tres niños que exigen mayor atención diaria, más trabajo, más adaptaciones metodológicas, más informes, más esfuerzo. Y más recursos internos y externos. Alguien se siente autorizado a ejercer algún tipo de derecho a la brutalidad. En algún momento ha circulado la idea de que el docente es un servidor de ínfimo valor, más o menos un paria al que se puede cuestionar, al que se le puede quitar cualquier tipo de autoridad. Me cuentan que sucede algo parecido en la atención médica primaria: son frecuentes las denuncias y las amenazas contra médicos y enfermeras de los ambulatorios.
Voy a añadir algo polémico a estas reflexiones: las familias que actúan de este modo son familias que, a su vez, expresan ideas muy próximas a los postulados de la ultraderecha más radical y se posicionan en el discurso "antisistema". Sus hijos reproducen frases y eslóganes de ese ámbito ideológico con absoluto desparpajo y con total franqueza, convencidos de la popularidad de sus expresiones. Pocos días atrás, uno de esos alumnos cuya familia cuestiona el sistema educativo y propone echar al maestro, se acercó a una compañera de clase de familia magrebí (con quien comparte aula desde la edad de 3 años) y le espetó: "Tu familia de moros se vino a España porque Pedro Sánchez os da una paguita, así que deberías iros a vuestro país de mierda". Después de investigar un poco, descubro que la familia del niño que expresa estas ideas vive de subsidios y ayudas públicas, ya que ambos progenitores están en paro de larga duración. Alguien ha logrado que el de abajo sienta que se su enemigo es el de más abajo y ha alentado el odio. Un odio que también se manifiesta hacia arriba, hacia las instituciones, contra el maestro y la directora y el centro educativo.
De algún modo, el discurso del odio y la batalla cultural contra la democracia y las instituciones ha sido un éxito de la ultraderecha, e incluso los niños la replican: el éxito es rotundo porque tiene visos de prolongarse en el tiempo y de transferirse a las generaciones más jóvenes, que se identifican con el discurso ultra y, a la vez, con el pensamiento conspiranoico y precientífico en boga: hay un barco extranjero cargado de virus que avanza hacia España para que Pedro Sánchez nos pueda confinar de nuevo y otras sandeces similares, que parecen extraídas de un programa de Iker Jiménez. Unos días atrás, un grupo de alumnos visitó el Ayuntamiento y los reunieron en la Sala de Plenos. Allí, un concejal voluntarioso les explicó el funcionamiento de las sesiones plenarias y los principios de la democracia representativa, el valor del debate y de la argumentación, etc. Al terminar, les preguntó si tenían preguntas. Entre quienes levantaron la mano hubo quién se limitó a gritar "Viva Vox", o a preguntar porqué habían puesto "la bandera de los maricones" o "la bandera de los moros" (la de Palestina) en el balcón. Me resisto a creer que esas preguntas salgan de un corazón de once años y tiendo a pensar que esas ideas se las han transmitido en su casa pero que el niño se siente autorizado a pronunciarlas en el Ayuntamiento y en presencia de su maestra, que debió palidecer de vergüenza. El discurso antisistema y antidemocracia ha logrado el éxito más rotundo.
El mundo que conocimos se desmorona sin pausa ante nuestros ojos y avanzamos hacia algo que nadie es capaz de imaginar ni de predecir y que, posiblemente, los mismos que han alentado la destrucción lamentarán más pronto que tarde, pero muchas veces se prefiere avanzar a toda costa aún sin saber hacia adónde. No es extraño que, en un mundo en donde las razones han perdido peso ante las emociones, los niños sean buenos portavoces de la irracionalidad de sus padres.

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