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EL TURISTA VIRAL


No ganamos para sustos, y se diría que hay alguien muy interesado en mantenernos en estado de susto permanente. Sin duda hay negocio en el susto, por fuerza debe haber negocio en el susto. El capitalismo siempre supo que el dinero está en el río revuelto de los miedos: el miedo a morir, a envejecer o a quedarse solo. La farmacia y la parafarmacia, la cosmética, la intervención estética (des de la operación de pechos o de glúteos a los implantes de pelo o la dentadura perfecta) mueven millones y millones. Solo se trata de avivar los miedos de forma constante y sin pausa.

El miedo al terrorismo islámico disminuyó y ahora toca el miedo al virus. Sin duda algo se torció muy mucho con el COVID 19, y muchas generaciones arrastrarán el miedo al contagio. La sociedad parece distinta tras la pandemia de 2019. Ayer mismo vi a varias personas saliendo del Lidl con grandes cantidades de papel higiénico.

El susto, a veces, parece inspirarse en los clásicos de la literatura, y en el caso del "hantavirus" hay algo en el guión que parece demasiado inspirado en el "Drácula" de Bram Stoker. Síganme: recordarán ustedes que el vampiro (el mal, la muerte) llega en barco (¡en un barco cargado de ratas!) gracias a la invitación que le hizo el ciudadano Jonathan Harker, empleado de una inmobiliaria. Y ahora díganme lo que ven: un ciudadano y una ciudadana, holandeses y jubilados, se van a pasear por los remotos montes Cárpatos (perdón, no: por los Andes) y allí contactan con un ratoncito, el cual les transmite un virus mortal que ellos se encargan de llevar, de vuelta a Europa, a bordo del barco que lleva el nombre de un cartógrafo del siglo XVI, Jodocus Hondius. "Hond", en neerlandés, significa "perro". El perro es uno de los animales en los que el vampiro de Transilvania puede convertirse. ¡Ahí lo dejo! Recordarán ustedes que el barco que trasladó al Conde Drácula hasta Londres era el "Deméter", aquella diosa buena que, tras serle raptada su hija Perséfone por el oscuro Hades, entristeció tanto que decidió dejar la tierra estéril. Según la mitología, Deméter provocó las estaciones, en especial el invierno, gélido y desolado para rememorar su dolor.

A día de hoy, un nuevo Bram Stoker podría reescribir su Drácula en clave contemporánea, con turistas ricos e ingenuos surcando los mares en búsqueda de emociones y placeres, y convirtiéndose en portadores del mal. Quizás de la extinción. Teniendo al turismo, la humanidad no necesita cometas para ser extinguida. Ya me dirán ustedes si el cuento del turismo no es uno de los peores cuentos de terror de la actualidad. Pregunten ustedes qué clase de cuento está viviendo el vecindario del centro de las grandes ciudades de Europa, desplazados, maltratados, humillados y expulsados por la codicia de la industria del turismo. Pregunténle a una vecina del Barrio de Gótico de Barcelona, de Málaga, de Sevilla, de Santander, de Santiago, de San Sebastián, de Palma de Mallorca, de Cádiz, de Alicante. Pregunténle que fue de sus calles y de sus tiendas, de sus tardes al fresco, de las terracitas de sus bares del barrio: todo fue arrasado en nombre del turismo. Por no hablar de los pisos turísticos, que son la culminación del terror. El turista empieza a tener el aspecto de una bacteria invasora: la colonia de bacterias se expande y contamina un territorio cada vez mayor, crece sin parar y no hay antibiótico disponible.

A partir de ahora deberá usted desconfiar del turista, posible portador de virus mortales: el turista no solo le puede expulsar de su casa -convertida en piso turístico- si no que podría expulsarle de la vida por un contagio vírico. Y así pues el turismo, que quizás empezó con Stendhal y con Lord Byron, podría terminar imitando el turismo del Conde Drácula, que llega de madrugada en un barco con ratas y virus.

Como en tantos otros fenómenos del capitalismo salvaje, el turismo de masas podría empezar el descenso por la curva de Gauss.

Hace pocos días estuve haciendo el turista por un pueblo del Pirineo francés, Arreau, pueblo bellísimo, tranquilo, apacible, confluencia de dos ríos caudalosos y risueños. Me pareció un lugar muy agradable, con vistas a los picos todavía blancos. Tardé un poco en darme cuenta del factor decisivo que convierte a Arreau en un pueblo bonito y agradable: no hay turismo. Los pocos forasteros que andan por allí son turistas "de interior", y no hay ni un solo comercio destinado al turismo de masas: no hay ni un puñetero café Starbuck's, ni una tienda de Zara, ni un Ale-Hop, ni tan siquiera un solo Mac Donald's. El comercio y la hostelería de Arreau están pensados y destinados a su ciudadanía. Y eso es común en la mayoría de los pueblos franceses que, si estuvieran en España, estarían colonizados por decenas de tiendas adocenadas y vulgares pensadas para el turista. En Arreau hay poco hoteles, y todos ellos disponen de pocas plazas. La población de Arreau ha soslayado el turismo y quizás sea menos rica pero sin duda vive mejor. Y ningún viajero del Hondius, cargado de ratoncitos virales, pondrá los pies en él.

Si usted quiere visitar lugares exóticos y lejanos, hágame el favor de conectarse a Google Views y cómprese libros que le expliquen cosas de aquéllos lugares. Y quédese en su casa. La humanidad se lo agradecerá. Quizás con esa actitud provocaremos la quiebra de varias compañías dedicadas al turismo, a la especulación inmobiliaria, a los vuelos intercontinentales y a la venta keroseno para los aviones, pero sin duda nosotros saldremos ganando.

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