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GIL JOURDAN SUSPIRA


Gil Jourdan es un detective serio y delgado, más bien antipático y arrogante. Su ayudante, Libélula, un dipsomaníaco torpe, antiguo delincuente de poca monta, el responsable de las escenas cómicas. Les conocí hace muchísimos años, cuando leía por fascículos quincenales sus aventuras en la revista infantil Cavall Fort. Ahí descubrí el género policial, provisto de un cierto humor negro y sarcástico. Un género policial que se mezclaba con el de las aventuras, las sombras, los ricos malvados y avariciosos, los pringados de clase baja que trabajan para los ricos, los bajos fondos, las muertes intrigantes. Aquéllos cómics, que para mi entonces eran tebeos no solo forman parte de mi educación literaria si no también de la estética y, en cierto sentido, de la sentimental.

La revista Cavall Fort publicó varios álbumes de Gil Jourdan bajo el nombre de Gil Pupil·la: Albert Jané, el fundador, director y traductor de la revista concebía el oficio de la traducción como una labor apostólica de la cosa catalana. A él se debe, por ejemplo que los Schtroumpfs se convirtieran en "Els barrufets", ya que "barrufet" es uno de los muchos nombres del diablo en la tradición popular catalana: esa traducción les da una lectura algo compleja a esos personajes que, en castellano, fueron simplemente los "pitufos". Sea como sea, siempre le deberé mi agradecimiento por haber llevado a mi casa esas fantásticas aventuras del detective que salió del arte de Maurice Tillieux, el dibujante belga que murió a los 56 pero tuvo tiempo de dejar una obra extensa y en cierto modo compleja como autor de cómic e ilustrador provisto de un sentido del humor muchas veces gamberro y con tintes surrealistas. En idioma castellano también optaron por "Gil Pupila" en las ediciones de la Editorial Argos.

Recuerdo como si fuera ayer la lectura de las ocho páginas quincenales. Las leía y las releía y, cuando al cabo de quince días llegaba el siguiente fascículo, releía otra vez el anterior. No fue hasta que ya fui mayorcito cuando encontré las ediciones encuadernadas de la Editorial Casals. Mi economía me permitió comprarme algunos de aquéllos álbumes. Por entonces ya había empezado a trabajar y a gastarme parte del sueldo en papel impreso. Ahora, hace escasos meses, di con unas ediciones de lujo de la Editorial Dupuis, fascinantes, "Gil Jourdan. L'Intégrale". Además de poder leer los álbumes preciosamente impresos, hay un montón de material sobre el autor, bocetos, fotografías y detalles biográficos. Algunos de ellos escalofriantes: Tillieux odiaba las armas pero tenía una colección de fusiles. Poco despúes de la muerte del artista en un accidente de tráfico, su esposa usó uno de estos fusiles para quitarse la vida. Quizás no supo como vivir en un mundo sin Maurice o quizás, simplemente, se había cansado de vivir.

Tumbado en el sofá, en una tarde de mis sesenta años, releo aquéllos álbumes. La lectura en francés no evita que recuerde exactamente los diálogos en catalán leídos cincuenta años atrás: se quedaron grabados en la memoria, en un rinconcito de la memoria que ahora se despierta y me los devuelve casi intactos. Esos cincuenta años transcurridos entre la primera y la última lectura se desvanecen en el aire como una mota de vapor, como si jamás hubieran sucedido. Por unos segundos se han borrado cincuenta años y necesito otros tantos para recapacitar y volver en mi, retomar la conciencia de este cuerpo de sesenta que se aparece solo un poco al de diez que leía las aventuras del detective. Esa sensación me produce una mezcla de maravilla alegre y a la vez de angustia triste, que es lo mismo que sentiría ante la visión de un milagro. Hay algo muy extraño en la memoria o en la percepción del tiempo, o quizás eso de la relatividad del tiempo es mucho más misterioso de lo que solemos creer. Quizás todo (el mundo, la vida) es mucho más extraño y esa extrañeza, pienso hoy, debe ser lo mejor que me ha pasado.

La obra de Tillieux, esas aventuras de Gil Jourdan, experimentaron una suave decadencia en sus argumentos: los primeros estaban muy elaborados y eran complejos, sucedían en París o en algunas comarcas francesas del interior rural y atrasado. Luego se hicieron más ligeras y viajaron a países exóticos (repúblicas bananeras de centroamérica o monarquías ridículas del mundo árabe), aumentaron el tono aventurero y disminuyeron en intriga policial, como si la vida se fuese diluyendo en la preferencia por lo fácil y lo ameno, alejándose de la complicación argumental y buscando la evasión. Quizás la vida cansa.

Cuando cierro el álbum entorno los ojos y, al abrirlos de nuevo, miro a través de los cristales del balcón y veo otra vez los bloques que había enfrente del piso en donde vivía con mis padres en la Calle de la Industria de donde me marché a los 22, y me llega el olor de la cocina en donde mi madre, que murió en 2010, cocina unas verduras y canturrea algo de Joan Manuel Serrat. En el balcón hay un geranio floreciendo con pétalos granates y grandotes.

Les aseguro que jamás he sido un nostálgico ni pienso que los tiempos antiguos fueron mejores: creo que los tiempos mejores, al igual que los peores, están por llegar. 

Creo, firmemente, que esos últimos cincuenta años los he soñado en una siesta demasiado larga y profunda y que, por lo tanto, Maurice Tillieux está vivo y soñando nuevas aventuras en Bélgica, y que muy pronto las dibujará y yo las leeré poco después, mientras mi madre echa las verduras a la olla, para la cena, y les echa otra pizca de sal, tranquila y despreocuada. Como si nada fuera a suceder, como si la muerte solo existiera en los cómics policiales y con el único fin de darle intriga al argumento.


Comentarios

  1. Dusfruta de los recuerdos y recrearlos en el tiempo,a los sesenta,de tus padres.A los ochenta hasta se pierde esa posibilidad.
    Saludos

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  2. Buena entrada, Lluis. Es una fortuna poderse acordar de los padres gracias a un TBO, en mi caso me es imposible.
    Aprovechalo.
    Salut

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