Por ideas como esta empezó a introducirse la educación emocional en las escuelas. Hay un motivo indiscutible: el niño que se siente mal, que está asustado o abatido y que sufre desequilibrios emocionales no podrá aprender del mismo modo que el niño sereno y equilibrado, el que se siente tranquilo, acogido y en paz. Es más: no podrá aprender, su mente no podrá centrarse en los aprendizajes.
Así, la educación emocional encontró razones para ocupar parte de la vida escolar. Se tiene en cuenta sus emociones, se le enseña a identificarlas y a ponerles nombre, a domesticarlas en la medida de lo posible.
Ahora ya llevamos bastantes años de sesiones de educación emocional o de bienestar emocional. Llevamos los años suficientes como para empezar a evaluar los resultados y eso es imprescindible, ya que, en educación (pero también en todo lo demás) lo que se no evalúa se degrada. Inevitablemente. A falta de estudios que nos lleven a conclusiones objetivas, solo me puedo fijar en mis observaciones a lo largo de los años.
Les voy a dar una mala noticia: no he observado una mejora en las relaciones entre el alumnado, ni que hayan disminuído los conflictos intrapersonales o interpersonales. Tampoco puedo afirmar que, tras la identificación de una emoción conflictiva, y después de ponerle nombre, la conducta se modifique y se pase a un mayor bienestar. Los conflictos siguen ahí. Y no solo eso: tengo la sospecha (bastante molesta) de que hay un aumento de las conductas egocéntricas, ya que parece más bien que el niño tiene en cuenta sus emociones pero raramente las de los demás. ¿Es el niño o es la sociedad entera la que se ha vuelto egocéntrica e individualista?
La educación emocional vino acompañada por un discurso acerca de la felicidad. La felicidad como objetivo, y como objetivo siempre individual. Jamás se menciona la posibilidad de una felicidad colectiva, que parecería algo muy complejo. En el mundo del neoliberalismo, lo colectivo desapareció y la felicidad, a su vez, es algo imposible de definir. ¿La felicidad es un estado o es un instante? ¿Algo nos convierte en personas felices o solo creemos que somos felices durante un rato? ¿Puede ser realmente un objetivo algo que no podemos definir? ¿Acaso no nos lleva a la infelicidad el solo hecho de mencionarla? Y en otro orden de cosas: ¿se puede ser feliz en un mundo infeliz?
Recuerdo a la directora de una escuela que aborrecía el discurso de la educación emocional y abogaba por una educación cuyos obetivos fueran aprender mucho, saber muchas cosas, crecer intelectualmente. Les decía a los alumnos: aprender es divertido, aprender nos hace felices, hacer buena letra nos pone contentos, sacar buenas notas nos hace felices. Creo que es lo mejor y lo más equilibrado que he escuchado nunca al respecto de la educación emocional. Y debo añadir: en este escuela jamás se faltaba al respeto al alumno, ni se le humillaba ni se le dejaba a un lado en caso de expresar tristeza o pena. En estas situaciones era atendido y escuchado, pero el objetivo de la escuela siempre estaba muy claro. Y esa claridad en el objetivo se agradece, es tranquilizadora y educacdora de las emociones. Todo el mundo sabe lo que se espera de él y eso nos ayuda a recordar que el objetivo de la educación es crear futuros ciudadanos capaces, autónomos, instruídos, capaces de pensar y de razonar, críticos y analíticos. Ciudadanos que, a través de una educación igualadora y equitativa, superarán las diferencias del punto de partida por clase social, recursos, nivel socioeconómico de las familias, origen cultural, etc.
A los maestros y a los profesores se nos ha ido demandando que estemos atentos a las emociones y a las necesidades del alumnado como si eso no fuera algo que pertenece al sentido común. (No he conocido a ninguna maestra que se muestre indiferente ante el niño que llega triste, llorando, apesadumbrado o cabizbajo). Y luego se nos ha pedido que nos formemos en disciplinas más cercanas a la psicología que a la pedagogía, una pretensión que casi nos lleva al intrusismo profesional.
Hace algunos años, en una sesión de formación en educación emocional para maestros de primaria, se nos pidió estar atentos a las emociones incluso en la clase de matemáticas. Un compañero le dijo a la formadora: yo ya hago matemáticas emocionales, y las hago de una forma muy simple. No me río del niño que no se ha aprendido la tabla de multiplicar del siete, ni me río ni le humillo, si no que simplemente le animo a que se la aprenda, le digo que confío en su capacidad para aprendérsela. Haciendo algo tan simple como mostrar confianza en sus capacidades, ya hemos hecho algo en favor de una educación que no soslaye las emociones. Sin embargo, esas horas de "educación emocional" en las que contamos una y otra vez "El monstruo de colores" y sus infinitas secuelas me temo que solo han favorecido el egocentrismo. El protagonista de "El monstruo de colores" está muy atento a sus emociones y las clasifica y les pone nombre. Pero jamás hace lo mismo con las emociones del otro. Lo importante soy yo, mi, lo mío.
Com he dicho antes, espero que las autoridades educativas nos cuenten, algún día, como vamos a evaluar los resultados de la educación emocional y como ésta ha mejorado los resultados académicos. Yo insisto en que no he visto ninguna mejora significativa y que tengo la impresión de asistir a un aumento del egocentrismo. Quizás tengan algo que ver los modelos que la sociedad admira y que responden a un modelo terriblemente egocéntrico: futbolistas o artistas de mucho éxito que exhiben su riqueza y sus posesiones, políticos de escasa formación que muestran un carácter pueril y caprichoso, triunfadores en lo material.
Me he fijado en esos llantos (siempre ante el público y las cámaras) del gran deportista que se retira, y que es aplaudido por su capacidad de mostrarse así de vulnerable, por su capacidad para mostrar las emociones tristes. Este mismo deportista capaz de llorar en público porqué ha conectado con su propia emoción (la pena por el final de una etapa de su vida) no ha llorado nunca por las desgracias ajenas ni se ha preocupado mucho de ellas: ha vivido pensando en su felicidad. Quizás, de niño, ya fue a una escuela en la que se hablaba de la educación emocional.

Comentarios
Publicar un comentario