En un rincón del pueblo de Siurana, una placa de metal agradece a las 3 familias que se quedaron cuando las demás se habían ido. Constan ahí los últimos de Siurana, con nombre y apellido. En letra más pequeña, al final, hay un agradecimiento para los que luego se instalaron allí. Sin duda hay buena intención en la placa, aunque esa letra más pequeña al final establezca, de algún modo, dos categorías de vecinos: los de verdad y los recién llegados, esos que en Cataluña siempre serán "nouvinguts". El artesano que hizo esta obra en metal (diría que hierro oxidado, al estilo de las esculturas de Richard Serra pero en pequeñito) logró una lectura difícil. La tipografía es confusa y uno debe esforzarse un rato en su lectura. Incluso se puede pensar que hay una intención indisimulada por la confusión, como si el autor del texto se avergonzara y prefiriera el aspecto esotérico y críptico, un velo de duda que cubre las frases, que emborrona el mensaje. Como si quisiera decirnos: he cumplido con el encargo de escribir esto pero prefiero que no se lea.
La historia de Siurana es una historia de resistentes y de repobladores. Por lo que cuenta la historia, esta es una de las últimas poblaciones musulmanas de Cataluña. Solos en la cima del cerro, resistieron más que los demás.
Sin embargo, la placa conmemorativa cuenta una historia que quizás se pueda contar de varias formas. El aparente heroismo de los resistentes, esas tres familias que se quedaron, quizás no sea una historia de heroismo si no de miseria. Los que pudieron, se fueron a buscar una vida mejor. Los que se quedaron lo hicieron quizás por incapacidad, pobreza o víctimas de una maldición, que viene a todo lo mismo. Al fin y al cabo, deberíamos saber si fueron más felices quienes se fueron o quienes se quedaron: en ambos casos, la miseria y el hambre sobrevuelan el relato. Nada de la felicidad se cuenta en la placa metálica y oxidada. Se intenta reescribir la historia, hablando de resistentes sin mencionar la desgracia que se abatió sobre Siurana en forma de pobreza, falta de esperanza, ese desasosiego que vacía los pueblos para engrandecer las ciudades, esas ciudades en donde la genta vive hacinada.
Algunos quilómetros más al este está el pueblo de La Riba. En la entrada a La Riba, unos bloques amarillentos y soberanamente tristes reciben al viajero. Fachadas desconchadas, ventanucos y balconcitos exiguos, quizás aquí vivió uno de los vecinos de Siurana que se marchó y que no se no se nombra en la chapa que celebra a los que se quedaron. Cuando uno hace una lista, hace dos: está la lista ausente de lo que se fueron, señalados por el dedo del silencio. ¿Adónde fueron? ¿Qué fue de sus vidas? ¿Recordaron Siurana con amor y nostalgia o con horror por la miseria vivida allí?
Hoy, de nuevo, asistimos impávidos y a veces indiferentes a decenas de historias sobre la miseria y la emigración. A veces, en lugar de la indiferencia aparece el miedo, o su primo el odio. Se señala a los que cogieron sus cuatro bártulos y se largaron mientras otros se enriquecían a su costa. Porqué incluso en la miseria y la emigración hay negocio para los listos. Aquí está la historia secreta y oculta que quizás se oculta en los nombres de los resistentes, que se presentan como los salvadores del pueblo cuando quizás fueron sus principales culpables. Imagínense ustedes una posibilidad remota pero no imposible: uno de esos heroicos resistentes aprovechó la miseria de los que se marcahaban para comprarles casa y terrenos a bajo precio y venderlos luego, años más tarde, a esos nuevos vecinos ansiosos por tener una segunda residencia de piedra y preciosa en uno de los pueblos más bonitos de España. Tras la pobreza llegó el dinero y el turista. Se homenajea a los que se quedaron y se soslaya a los que tuvieron que irse, borrados de la historia.
A día de hoy, los nuevos vecinos de Siurana explotan la belleza del pueblecito con sus casas rurales, sus restaurantes y a la vez intentan preservar el lugar del exceso de turismo, opciones que no solo parecen antitéticas sino muy paradójicas. Siurana ya no es un pueblo de pobres, ahora es un pueblecito que los ricos codician y por el que otros ricos pujan. Las ruina de la miseria ahora son un negocio bastante lucrativo construido sobre el desastre. Las autoridades han acondicionado la carretera y los accesos, hay varios párkins, algunos de ellos a 3 euros diarios por dejar el coche. No hay ruinas ni basuras por las calles, todo tiene el aspecto de un bucolismo casi ideal. No hay pobres en Siurana, quizás por eso es bello y codiciado.
En algunas obras distópicas (novelas o películas o series) aparecen los lugares (generalmente islas o lugares muy apartados) donde solo viven ricos y donde todo es bello y ordenado. Los pobres han sido expulsados vete a saber donde, quizás en playas sucias y feas, en donde se afanan por sobrevivir casi como las bestias. Me pregunto quién limpia las calles y recoge la basura de los lugares ricos, quién atiende a sus ancianos, quién saca el polvo, cocina y limpia las cortinas. Eso no se suele contar nunca en las distopías que fascinan a los ricos, para los cuales la visión de la pobreza es una molestia si está cerca y un motivo para hacer el turista si la pobreza está lejos. En Siurana casi han logrado convertirse en una distopía para ricos, edificada sobre el pasado miserable que ya no se cuenta o que se cuenta del revés. Puesto que nadie es capaz de prometer un futuro mejor, vamos a presentar un pasado bonito.
Si a usted le entran ganas de visitar el bello pueblo de Siurana, hágalo olvidándose de la historia, de la lucha de clases y de esa molestia que son los pobres.

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