Se trata de lo de Ceuta pero no se trata de lo de Ceuta. Cualquiera puede entender que los políticos usen el incidente ceutí para sus fines, ya sean legítimos o espúreos. Lo que cuesta de entender es que la empatía haya desaparecido del discurso. O del relato, com prefieren algunos.
Lo que yo veo en Ceuta son personas como yo, seres humanos como yo y sin más adjetivos. Quizás seres humanos engañados por un algoritmo, como yo. Quizás desesperados por vivir bien o por vivir algo mejor si puede ser, como yo. Personas sentadas en una playa esperando un bocado y la promesa de un futuro, personas que nada tienen que ver con las jugarretas de la geopolítica, con las estrategias de los partidos. Al otro lado veo a personas desconcertadas por ser ciudadanos de una ciudad fronteriza, descorazonados y atónitos. Personas que son tan víctimas como las anteriores de un mundo cada vez más bestia y más cruel, en donde la supervivencia diaria convive con el mundo de los ultraricos que se lo miran en una pantalla y calculan pérdidas y beneficios, pero más beneficios que pérdidas.
El humanismo ya no está de moda y leo muy pocas cosas que nombren al asunto humano. Los políticos se pegan un viaje relámpago a Ceuta, hablan delante de los micrófonos, luego se van a comer y luego cogen el avión de regreso hacia sus mansiones. No he visto a ningún político acercarse a esa gente que son personas como yo y que están sentados en la arena esperando a que la burocracia arranque y termine por darles algo, lo que sea. Lo que se merece cualquier ser humano por el hecho de serlo.
Hace unos años España acogió a miles de niños ucranianos y no recuerdo que nadie hubiera protestado por esta decisión. Sin embargo, hoy parece imposible tratar con humanidad a esos centenares o miles de personas que tambiñen huyen de la miseria y de los engaños y a los que se trata de invasores con total frialdad, para convertirles en algo raro o feo que está muy lejos de la humanidad y del humanismo, en algo impersonal y lejano, solo un individuo extranjero y por consiguiente, dañino. No hace muchos años, se acusaba al hombre que había desposado a una mujer del pueblo de al lado de haber traído el mal.
No puedo evitarlo: me veo a mi mismo sentado en esa playa esperando un bocata. Nada me distingue de esos hombres ni de esas mujeres, nada me distingue de ellos, nada en mi veo que sea mejor o superior a ellos. Son como yo, exactamente como yo: su cuerpo es idéntico al mío, su mirada perdida es la mía, como su calor o su frío, como la arena que se junta en su pelo y en sus cejas. Su móvil en la mano, mirando fijamente lo que aparece en la pantalla, como si cualquier esperanza estuviera pendiente de materializarse en el brillo del cristal.
Al humanismo le han salido enemigos tan inesperados como el patriotismo, que es concepto difícil de explicar y que tiene tantas acepciones como sujetos partidarios. Quizás en nombre del patriotismo se podría argumentar que es importante adoptar a esos miles de chavales para educarles en los valores patrios y convertirles en nuevos españoles, que son quienes contribuyen a las arcas públicas cons sus IVAs y sus IRPFs. Al fin y al cabo, no hay nada más patriótico que pagar los impuestos, aunque a algunos se les haya olvidado y sigan creyendo que el patriota es el que ondea una bandera aunque luego se empadronen en un paraíso fiscal o le esconda sus ingresos al fisco.
El humanismo ya no está de moda y en vez de personas se ven musulmanes, invasores, extranjeros que vienen a quitarnos nuestros trabajos ya la vez a cobrar paguitas sin trabajar. El humanismo no está de moda porqué gusta más la ley dels más fuerte, la ley del más bestia, del que la dice más gorda, el más rico y el más insolidario, el que más invierte en valores especulativos. Los valores de la democracia se van disolviendo en cada noticiario como el azucarillo en el café americano. El humanismo parece ser ya tan solo una piedra en el zapato del devenir. El humanismo no está de moda y, sin embargo, es nuestra única salida.

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