Con un acento en cada parte de su nombre compuesto, y un acento en cada uno de sus apellidos, el señor Sánchez se hace sentir. Se hace notar, aquí estoy yo, y no me ando con menudencias. Antes de ser diputado por Vox (circunscripción de Alicante) el señor era juez. Es decir: es juez, pero en excedencia.
Cuando se habla de la judicialización de la política o de la politización de la justicia uno se pierde un poco y nunca termina de saber en cual de las dos zonas se mueve, qué es más grave y qué nos está pasando en realidad. Un juez que se mete a político ¿en cual de las dos posibilidades incurre? Me acuerdo del juez Baltasar Garzón de su tránsito más bien difícil por la cosa de la política de alto nivel. Don José María Sánchez no ha llegado a tan alto nivel, pero también genera conflictos.
Cuando se habla de que España tiene un problema grave con la justicia supongo que deberíamos asustarnos. En los últimos tiempos (me refiero al período que arranca con la investidura de Pedro Sánchez) el tema se ha ido complicando y todo indica que el temporal arrecia. ¿Qué diablos pasa con la carrera judicial?
A mi me da un poco de yuyu observar la gran cantidad de jueces de ideología entre muy de derechas y de ultraderecha, pero lo más preocupante es el poco reparo que tienen esos jueces en manifestar su ideología y situarse fuera de la presunción de imparcialidad que cabría esperar. Hay periodistas que han seguido a algunos jueces y han descubierto que tienen cuentas en redes sociales a través de las cuales no se cortan ni un pelo en exponer su ideología, sus ideas, sus manías. Podrían limitarse a exponer sus platos preferidos, sus gustos musicales o literarios, a hablar de sus viajes. Pero en vez de eso explican su posición política y señalan a sus preferidos y a sus enemigos, muestran sin ninguna reserva su filiación.
Lo preocupante de eso es que todos estamos expuestos a caer, algún día, en manos de la justicia y por lo tanto de estos jueces locuaces que expresan con gracejo sus preferencias políticas, morales y éticas. De modo que si algún día alguien me lleva ante un juez, es muy probable que con solo investigar en sus redes pueda hacerme una idea de la pena que me va a caer. Y eso es muy malo. Yo preferiría a jueces que dudan y que se remiten a las leyes a través del análisis.
Dicho de otro modo: el juicio al clan de los Pujol se va demorando a través de las décadas y quizás de los eones, el juicio al Fiscal General circuló a la velocidad del rayo. El juicio a la trama corruptísima de la Operación Kitchen llega con 13 años de demora, y el de Koldo y compañía va a toda leche. El encausamiento a Begoña Gómez es fulgurante y ampuloso, pero el mismo juez descartó que el señor "M. Rajoy" fuera Mariano y le dio carpetazo al asunto. Parece ser que los poderosos de veras están más bien protegidos por el estamento judicial, y los demás estamos expuestos a su voracidad.
No me voy a entretener en analizar las sentencias dictadas por el señor José María Sánchez cuando ejercía de juez (antes de hacerlo como diputado de Vox), esa tarea se la dejo a los periodistas de verdad, pero me da un poco de grima. Viendo su comportamiento en el Congreso, uno se puede imaginar como afrontaba sus casos. Y eso me deja intranquilo. Su actitud en el Congreso da pistas sobre el trato que es capaz de darle a los otros, y más aún cuando se sitúa por encima de ellos. Quizás esté acostumbrado a mandar y ordenar, quizás cree que el servicio está fatal y que ya no hay respeto por el señorito. Sánchez (curiosamente lleva el mismo apellido que Pedro) fue director de la Fundación Tomás Moro (una organización cristiana muy conservadora) y ejerció de profesor en la Universidad Pontificia de Salamanca. Eso es lo que declara cuando ingresa como diputado y que es público. A mi no me molesta nada que alguien sea cristiano o profesor de una universidad pontificia. Si no lo recuerdo mal, el mensaje de Cristo dice algo sobre la igualdad de los hombres ante Dios, el amor al prójimo y la pobreza como opción de vida, de modo que su cristianismo me parece muy respetable.
Sin duda, España arrastra varios problemas que no se terminaron en 1978 y que permanecen inmóviles. Quienes pensaron que la Transición tenía lagunas pero que la naturaleza y el tiempo lo irían resolviendo se equivocaron por no tener en cuenta que existe una España eterna, trágica y desacomplejada que nunca duerme y que se revuelve como gato panza arriba cuando el señor que duerme en la Moncloa no es uno de los suyos.

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