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AUTÓCTONOS Y EXTRANJEROS


Se sientan de lado en el aula. Ella es hija de inmigrantes latinoamericanos, muy pobres. Él, hijo de padres españoles de pura cepa, trabajadores precarios. No son muy amigos pero se toleran y se respetan, o eso creo yo. Ella (vamos a ponerle Mariana), saca notas buenísimas en todas las asignaturas. Él (vamos a llamarle Éric), lo suspende casi todo, no trae casi nunca los deberes hechos y le cuesta horrores cumplir con las normas de convivencia. Les devuelvo el examen de matemáticas que hicieron dos días atrás. Mariana ha sacado un 9,25, Éric un 2,5. El examen del niño es una calamidad de errores garrafales. Le pregunto si se sabe las tablas de multiplicar. Me mira durante un par de segundos con una mirada atónita, la misma que pondría yo si me preguntaran por las evidencias de la existencia de Dios. "Me las sé, claro que me las sé, pero no me las sé de memoria", responde él, con un mohín desafiante. Éric cree que ha dado con una respuesta no tan solo buena, también ingeniosa y divertida.

Los alumnos están obligados a llevarse el examen corregido a casa y devolverlo al día siguiente, con la firma de su padre o madre, conforme lo han visto. Éric se guarda el 2,5 con indiferencia, mecánicamente. Mariana, que ha sacado un 9,25, me pide hablar conmigo y me muestra su examen: creo que aquí me podías haber puntuado mejor, me dice como una súplica e incluso algo enfadada, aunque no se si enfadada conmigo o consigo misma. Le razono la puntuación y luego me permito preguntarle: pero... vamos a ver... si te cambio la nota y te subo 25 o 50 décimas, tendrías un 9,75 y seguiría siendo un Excelente. Ya lo se, me responde, pero tu no sabes lo que me espera en casa. ¿Qué es lo que te espera en casa? le pregunto yo, asombrado.

Mi padre me sienta ante el examen y lo repasa con la lupa, me cuenta Mariana, y en cada error mío, por pequeño que sea, me pregunta porqué lo he cometido, me obliga a encontrar la solución correcta y me exige que eso no pase nunca más. 

Al día siguiente, le pregunto a Éric qué le han dicho en casa sobre ese 2,5 de su nota en el examen y él, sin apenas mirarme, murmura indiferente "mi madre me ha dicho que estudie más y también me ha dicho que nos ponéis demasiados exámenes". 

Esos alumnos están cursando sexto de primaria. Saben que dentro de muy pocos meses se termina el curso y que el próximo estarán en secundaria. Algunos sienten un leve temor hacia el cambio de etapa y de centro, pero otros les susurran la información tranquilizadora: "No pasa nada si suspendes, en secundaria pasas de curso aunque tengas todo suspendido". Alguna vez he intentado contarles que la legislación educativa es así y que, aunque en efecto puedan promocionar con todas las asignaturas suspendidas, en este caso no se graduarían, si no que tendrán un certificado de escolaridad que da derecho a casi nada, y que sus expectativas futuras en el mundo académico serán escasas y muy tristes. No creo que sea una buena estrategia infundirles terror al futuro, pero tampoco es bueno ocultarles la realidad. En una sociedad tan competitiva y difícil como ésta, uno debe llegar lo mejor preparado posible y eso debe saberse.

Éric me cuenta que su padre gana un buen sueldo (1.200 euros) sin tener estudios, lo que demuestra que la escuela es innecesaria, y luego se permite contarme un chiste: "Oye, ¿sabes qué significa "escuela" en griego? Significa cárcel." Y luego va un poco más allá y me pregunta cuál es mi sueldo de carcelero. Durante la conversación descubro que su padre pasa largas temporadas en paro cobrando el subsidio y que su madre cobra ayudas de los Servicios Sociales municipales.

Le pregunto a Mariana como ha ido la conversación con su padre al pedirle la firma en el examen. Ella me dice que, en efecto, la sentó ante el examen y le pidió que lo repitiera sin cometer ni un solo error. Y que hasta que no lo hizo no la dejó levantarse de la mesa. Al padre de Mariana le entrevisté hace un tiempo (esas entrevistas forman parte de mis obligaciones como tutor de la clase de Sexto A), y me encontré con un señor ecuatoriano bastante joven, sin apenas estudios, que se pasa 12 horas diarias trabajando como repartidor de una conocida empresa multinacional. Como con su sueldo no da para mantener a la familia (tienen dos hijas), su mujer se desloma hasta las tantas de la madrugada limpiando en un polígono industrial, más allá de la periferia. A la hora en la que termina su turno de limpieza no hay ningún transporte público en funcionamiento, así que el marido coge el coche y se va a buscarla. Ambos se acuestan por unas pocas horas. A él le quedan escasas horas para levantarse y acudir al trabajo. Ella también dormirá poco, ya que deberá levantar a las niñas, prepararles el desayuno y acompañarlas al cole.

Un día de esos, a raíz de una lectura en clase, apareció el tema de los extranjeros en España y se produjo un debate. Éric hizo ésta aportación: Pedro Sánchez llama a los panchitos y a los moros para que se vengan a España y les da una paguita y viven del cuento y luego le votan para seguir viviendo del cuento. 

Todo eso es un relato fiel de lo que está sucediendo en las aulas de la escuela pública catalana.

Comentarios

  1. Si todos los "panchitos", son listos y trabajadores, y los españolitos lo contrario, se invertiran las curvas. Qué le vamos hacer. Ya pasó, en cierta manera con los andaluces en los sesenta
    Saludos

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  2. No soy el más indicado para comentar, LLUIS. Este es un caso concreto, no es "todos los casos". Te podría decir que he conocido algún progenitor "extranjero" que no deseaba que su hija estudiara, porque no servía de nada, y que sino hubiera sido por amenazas, tal como suena, la chica, que sacaba notas excelentes, no hubiera podido ir a veterinaria, que era su sueño.
    PD: Quien le amenazó (al padre) fue una puericultora, y este se acojonó.
    Sí estoy muy de acuerdo en lo de los salarios y las horas trabajadas.
    Un abrazo grande y fuerte

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