Ir al contenido principal

RESURRECCIÓN, DICE FÉLIX



Una mañana, Félix se presentó en clase con un tarro de cristal que contenía una víbora enroscada en una espiral casi perfecta, con los ojitos abiertos y vidriosos, cubiertos por una pátina blancuzca y fea. «Está muerta», le dije en un susurro. Él asintió con un movimiento leve de su cabeza morena, de pelo hirsuto al rape y ese tupé de Tintín. «Hay animales que no soportan la cautividad, solo viven si son libres». Él asintió de nuevo, contempló a la pequeña serpiente unos segundos y luego levantó los ojos chisporroteantes y me dijo: «A lo mejor resucita. En Sorpe resucitó una mujer».

Félix es uno de los niños más difíciles que he conocido. Desde el instante en que le conocí me percaté de que era un niño especial. Su conducta provocadora y gamberra escondía un espíritu salvaje, de una pureza desconocida. Un niño de esos que te obliga a preguntarte si esa institución que llamamos escuela está bien pensada y si es de veras algo que conviene a los niños. Estoy seguro de que es gracias a los Félix que aparecieron pedagogos como Freinet, Freire y etcétera, esos pedagogos inquietos y llenos de dudas que, después de barruntar largo y tendido, hicieron progresar la pedagogía.

En mi caso, Félix me empujó a buscar a la mujer que resucitó en Sorpe. Recuerdo haber pasado varias horas en vela durante la noche en que, justo cuando iba a acostarme, volvieron a mí sus palabras: «En Sorpe resucitó una mujer». Fue como una iluminación. Yo sabía que Félix se había cruzado en mi vida por algo, y en el instante de esa noche en que oí el eco de sus palabras pensé que no solo estaba cuestionando la bondad de la institución escolar y mi trabajo de docente, sino que me acaba de llevar, de su mano diminuta y blanca, hacia un mundo mucho más interesante.

Sorpe es un pueblo pequeño perdido en la ladera de un monte de los Pirineos, en uno de los valles más recónditos y olvidados. Desde la cuesta en donde está ubicado se contempla un valle angosto, profundo, coronado por picos lúgubres, escarpados, desnudos de toda vegetación y cubiertos de nieve durante muchos meses, casi como una visión del romanticismo gótico, como una pintura de Friedrich. El pueblo se halla en el vestíbulo de un bosque sombrío, casi legendario, en donde crece una rara variedad de abetos y donde prosperan el musgo, los torrentes furiosos, un silencio atávico, una sombra espeluznante y un aroma a frío ancestral.

Pregunté preguntas estúpidas, porque a ver quién es el guapo que pregunta a los adultos por una mujer que resucitó. Pregunté, pues, por sucesos extraños que fuesen dignos de ser escritos en un libro ficticio que yo fingí estar escribiendo. No descubrí nada. Di vueltas por otros pueblos de la zona. La mayoría de ellos están abandonados. A algunos de ellos se accede a través de viejos caminos de cabras, ya que jamás llegó hasta ellos una carretera. En los lugares abandonados vi los vestigios que han dejado vagabundos que una vez se alojaron allí. Restos que dejaron toxicómanos iluminados por el esoterismo y vagos indicios de ritos satánicos. En la tiniebla de alguna casa antaño habitada por uno de esos vagabundos kármicos sentí verdadero terror y temí por mi vida: es fácil intuir sombras malignas que se escabullen, ojos que te escrutan desde la negrura, el eco de un aire perverso en la soledad de una habitación llena de extraños cachivaches y naipes podridos de un tarot siniestro, tomados por unos hongos verdeazulados de largos filamentos húmedos.

Nunca di con nada parecido a la resurrección de una mujer. Sin embargo, sí supe de dramas y tragedias: mujeres que murieron en el parto, bebés abandonados, ancianos suicidas, desaparecidos, miserias y más miserias. Una tarde, paseando por el bosque de los abetos raros, me senté a fumar en una mole granítica cubierta por un manto de musgo. Apareció una mujer por el sendero. Yo estaba tan quieto que ella no se percató de mi presencia. La observé haciendo unos gestos raros. Se agachaba de vez en cuando y luego proseguía su camino. Cuando hubo desaparecido, seguí su rastro. En cada lugar en donde se había agachado había depositado una pequeña figurita de plástico, sin duda adquirida en un bazar chino, quizás el de la capital comarcal. Eran unas brujitas de unos cinco centímetros de altura. Las había montadas en escobas, gesticulando ante un caldero o acompañadas por un gato negro y rampante. Nunca supe quién era la mujer ni qué pretendía con su juego secreto.

Terminé la tarde tomando cervezas en una taberna de carretera de montaña, en una carretera endiablada. En pleno mes de mayo hacía un frío demoledor. Éramos pocos clientes y el sol declinaba. El tabernero cerró la puerta por dentro y se encendió un cigarro cubano. «Ya se puede fumar», dijo. «A estas horas la puta policía no pasará».

Este fue el último suceso maravilloso de los días en los que anduve buscando las pistas de una mujer que resucitó en Sorpe.






Comentarios

  1. Me ha gustado,pero me he quedado sin saber,quien era la persona.Supongo que sería una frase hecha y el chico la repetía .
    Saludos

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

CARLES: UNA INVERSIÓN SEGURA DE 20.000 €

Lo contaban hoy en los medios. La candidatura Junts+Puigdemont se ha elaborado de una forma novedosa: a cada uno de los 20 primeros de la lista se les exigen 20.000 € y, a los siguientes, la mitad. A los afiliados al partido se les piden 3.000 para ayudar a la causa. Ser candidato por 20.000 € es algo así como reconocer que la elecciones son una inversión que se amortizará en breve. También es una invitación a sacar la mayor tajada posible durante los 4 años de legislatura y, por consiguiente, una invitación al mal. Nadie ha dicho nada de eso, ya nadie se asusta. A medida que los políticos abandonan la política (y por extensión la democracia) todo se ve normal y aceptable. Si usted está en el paro pero dispone de 20.000 puede llamar a Carles. A lo mejor puede hacer una puja, y quizás por algo más de 20 alcance uno de los primeros puestos, todo se puede hablar. El mismo Carles se entrevistó esta semana con la patronal en algún pueblo de Francia. Habló con Sánchez Llibre, antaño diputado

BARCELONA Y EL TIEMPO

Nací en esta callejuela de la foto. Entonces se llamaba Virgen del Pilar y hoy los nuevos tiempos la llaman Mare de Déu del Pilar. Y este soy yo, mirando los balcones de la fachada, 50 años después de haberme marchado de aquí. Salvo las fachadas, ya no reconozco nada. Un poco más arriba, tocando ya casi a la Calle Alta de Sant Pere (hoy Sant Pere més Alt), hay una librería de segunda mano muy pero que muy recomendable. Aquí estuvo la imprenta Bové. Eso me alegra. La librería mira hacia el pasado con dulzura y le hace un guiño semántico a la antigua imprenta. Compro un libro de Juan Eduardo Cirlot, de Siruela, para festejar esa buena nueva y luego lo regalo. Solo está en mis manos unos pocos segundos. Más tarde caigo en la cuenta de que la editorial Siruela todavía existe, aunque orientada hacia otra parte. No me asalta la nostalgia, contra toda previsión. Siento más bien algo ligero y tierno. Casi no queda rastro de la calle de mi infancia aunque cuando uno se detiene percibe olores y

ARAGONÈS TROLEA

Me sorprendió y no me sorprendió el uso del verbo "trolear" en boca de Pere Aragonès, Presidente de la Generalitat. Cada vez es más frecuente que los políticos hablen el lenguaje de la taberna, o els de las redes sociales, como si fuesen adolescentes cabreados. O el cuñado simplón, el que todo lo resuelve con dos frases facilonas y ocurrentes. "Trolear" es un anglicismo ( to troll , de los Trols de la mitología escandinava )  y Aragonès un firme defensor de las esencias catalanas, del idioma de Prat de la Riba y de Guerau de Liost. Pero no duda en acercarse al nivel de la barra del bar cuando se trata de conseguir un titular. Hubo un tiempo, hace años, en que fue noticia que un presidente del gobierno leyera las "Memorias de Adriano" de Yourcenar. ¡Qué tiempos aquéllos! No recuerdo ningún politico de los de ahora revelando sus lecturas. Es posible que todas ellas se limiten a frases de Instagram Ahora el titular es el troleo usado en una acepción errónea,