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¿HA GANADO LA DIGNIDAD EDUCATIVA?

Hubo un tiempo, a finales de los años 60 y 70 del siglo pasado, en el que la renovación pedagógica catalana fue el faro de la educación española. Cualquiera diría que las escuelas catalanas (solo algunas escuelas catalanas, privadas o muy privadas) estaban aportando el cambio a la educación franquista, atrasada y ridícula. Todo el mundo estaba dispuesto a exclamar que en Cataluña la educación era mucho más moderna. Por aquéllos tiempos proliferaron los centros inspirados en Montessori, en Freinet y en modelos procedentes de la Escuela Moderna (el modelo republicano, recuperado 30 años después de la guerra). Hay que precisarlo: estos centros eran pequeñas escuelas privadas, generalmente situadas en bonitos chalés de Sarriá, aunque alguna hubo en barrios obreros. En aquéllos tiempos, las familias que se lo pudieron permitir llevaron a sus hijos e hijas a aquéllas escuelas avanzadas de los chalés bonitos. Allí estuvieron los hijos de Jordi Pujol, así como los de Joan Raventós. También estuvo allí el niño Sandro Rossell y tantos otros que luego fueron líderes políticos y empresariales. Aquellas escuelas formaron a las élites que controlarían el poder en las décadas posteriores.

La historia es la que sigue: con la llegada de la democracia, algunos de estos centros pasaron a centros públicos y fueron ellos quienes señalaron el camino de la educación pública. La operación fue completa: sus directores se incorporaron a las Escuelas de Formación del Profesorado (posteriormente facultades de Magisterio y Pedagogía), e incluso muchos de ellos llegaron a altos cargos y a la política, y dirigieron los destinos de la educación catalana. Pero la historia tiene un principio y un final y, en algún momento, la escuela catalana perdió fuelle y se ensombreció, diluida en los problemas de una educación de repente universal y obligatoria.

Ahora, la escuela catalana vive días oscuros. Las huelgas y las protestas arrecian de un modo inesperado, y nadie es capaz de predecir el futuro inmediato. Como en tantas otras cosas, la incertidumbre ha llegado a esa institución que parecía soñolienta y ensimismada. Un sindicato firmó un acuerdo el martes con la Consellera de Educación para, a continuación, promover una consulta que ratifique el acuerdo por parte del cuerpo docente y el cuerpo docente la desaprueba. Hay algo extraño en esa conducta, algo anómalo ¿no habría sido mejor consultar antes de firmar? Uno cree que se está repitiendo el patrón del "procés" independentista, que animó al ciudadano a enfrentarse a todo y nadie supo decirle que ya era hora de regresar al principio de realidad.

Yo no he hecho huelga, y me he pasado un ratito mirando las fotos que mis compañeros huelguistas iban colgando: posturas, risas, una euforia algo sorprendente muy similar a la euforia de los independentistas de hace una casi una década. Incluso hay un detalle: el color amarillo de las camisetas y las pancartas. Las protestas de los docentes catalanes han dado una salida (quizás ilusoria otra vez, quizás momentánea) a la frustración tras la debacle del independentismo. Hay un ambiente emotivo y poco racional. Nadie sabe muy bien qué se reivindica ahora, solo se sabe que estamos viviendo un momento especial y único, y lo que importa es esa emoción, la adrenalina que surge cuando se corta la Ronda y se bloquea Barcelona. Hay por ahí avisos inciertos de nuevas movilizaciones para fastidiar la llegada del Papa León a Barcelona, y esos avisos aumentan la emotividad, nueva descarga de adrenalina. Ho tornarem a fer, parece que nos dicen.

Después de ver las fotos de mis compañeras y compañeros manifestándose en tono alegre y emotivo, se me cruza una pantalla en la que leo que Cataluña es la comunidad autónoma con un porcentaje menor de alumnado matriculado en la escuela pública, que es el modo elíptico para contar que muchísimas familias han optado por la escuela concertada (es decir, privada), aún sabiendo que la escuela privada es un negocio y que, como todos los negocios, su primer objetivo es la consecución de beneficios. Estoy seguro de que algo antiguo (aquélla época dorada de la escuela privada progresista que les contaba al principio) está detrás de esta elección: son muchos quienes siguen creyendo que lo bueno está en lo privado, que lo público es rancio y pobre. Quienes defienden la existencia de la escuela privada suelen apelar a la libertad, del mismo que la señora Díaz Ayuso defendía la libertad para tomarse unas cañitas: pero la libertad para matricular a su hijo en una escuela privada es una libertad solo asequible para unos pocos y, por consiguiente, no tiene nada de libre ni es democrática.

Las huelgas y las manifestaciones de los docentes de la escuela pública están infringiendo otro daño a la imagen de lo público. Cortar autopistas o la Ronda de Barcelona no es, posiblemente, una idea demasiado inteligente. Veremos lo que se cuenta en los medios y lo que siente la opinión pública, muchas veces perpleja ante un final de curso tan caótico. La ruptura de la unidad sindical, los titubeos de los sindicatos, las negociaciones estrafalarias como la del sindicato Ustec, la caída del número de manifestantes (de unos 80.000 en la manifestación de febrero a los 15.000 de hoy), las amenazas extravagantes... todo pinta un escenario incierto y raro en el que la racionalidad parece haber sido expulsada del debate y sustituida por un estado de euforia. Quizás la educación emocional llegó demasiado lejos. Quizás eso también nos cuenta algo del auge de la extrema derecha y de cualquier opción que apela a las vísceras y soslaya el razonamiento crítico. Los eslóganes que exhiben los docentes en huelga contienen algo chistoso y fácil, huelen a ocurrencia y a ingenuidad.

Y aunque yo soy un docente apesadumbrado por la falta de recursos en la escuela pública (les podría poner decenas de ejemplos que van des de la falta de instalaciones dignas hasta la falta de personal para atender con solvencia a la tremenda diversidad social y cognitiva del alumnado), también me resulta sorprendente que se pretenda negociar sin ofrecer nada a cambio del aumento salarial. Es muy posible que el asedio político, mediático y judicial brutal contra el Partido Socialista nos lleve a elecciones, y todos nos tememos una España sumida en las garras de la derecha más salvaje: ¿a qué realidad nos enfrentaremos entonces? En Valencia, que ya está gobernada por la coalición ultraderechista, la escuela pública lleva tres semanas en huelga indefinida y está en caída libre. Es posible que se deban buscar otras formas de lucha, más acordes con los tiempos que tenemos y que se nos vienen encima.

Comentarios

  1. Totalmente de acuerdo. Yo participé activamente en la anterior huelga de docentes importante, de toda España, que fue el curso 1987-88. Aquello fue una huelga muy dura y con objetivos claros. A partir de entonces los sindicatos solo han convocado paros puntuales, sin incidencia, para cubrir el expediente. Ahora se convocan algunas huelgas importantes, en determinadas comunidades autónomas, que le dan, como doces, un aire contra el Estado español. Una huelga que perjudicará mucho a la escuela pública y a los alumnos. Y que se hace contra la consellers más dialogante, en el caso de Cataluña. Huelga que llevará al desgaste y al fracaso por su maximalismo

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    1. Es tal como lo cuentas: ese maximalismo lleva al desastre y a la frustración. Pero parece que entre la mayoría de los docentes prevalece la emoción de cortar calles.

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