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EL PRECIO DE LA IDENTIDAD CATALANA

(Imagen de "El Español")

Convencer a un puñado de personas de que son distintas y mejores que el resto de la humanidad es fácil. Convencerles de que su superioridad les da derechos de los que no dispone el resto de los mortales también es asequible. Lo han practicado con éxito sectas, religiones y organizaciones de pelaje muy diverso. A los psicólogos les encantan esos experimentos y se complacen en demostrar, una y otra vez, que la especie humana es voluble, frágil y manipulable.

El nacionalismo usa esos trucos: tu nación siempre gana los torneos deportivos, tu nación es más rica, más educada, más aseada, más culta. Y las personas aceptan, encantadas, pertenecer a una nación mejor que las demás y, en especial, mejor que la nación vecina. El pueblo de al lado siempre es el peor, el enemigo del que debemos defendernos. Viví varios años en un pueblo y recuerdo muy bien eso: Míriam conoció a un chico del pueblo de al lado en una discoteca y se pusieron de novios. Los comentarios eran despiadados: ¿los chicos de aquí no somos lo bastante buenos para ti? ¿te has liado con un cateto de esos?

El deporte usa los colores como creadores de la emoción: los colores de mi equipo (aunque mi equipo esté formado por tipos fichados en todos los rincones del mundo) me emocionan, somos los mejores y ergo: soy mejor. Mis colores. Hemos dado con la bandera. Las banderas se inventaron para las guerras: cada soldado llevará los colores de su señor, no vaya a ser que uno de los nuestros le arree un porrazo a otro de los nuestros. No vaya a ser que un futbolista de los nuestros le pase la pelota a uno de los otros. Eso es "sentir los colores".

La Generalitat de Cataluña ha convencido a mucha gente de que Cataluña es una nación, la mejor nación posible y, sobre todo, una nación muy diferente al resto de España. Cataluña tiene personalidad propia, lengua propia, idiosincrasia propia, cultura propia. Incluso tiene fauna y flora propia: existe un libro cuyo título es "Els nostres insectes". Lo nuestro.

Viendo que ningún indicador nos muestra mejores (ni en sanidad, ni en educación, ni en cultura ni en nada), el aparato político no tiene más opciones que repetir muchas veces los colores, la nación. La bandera. El correo corporativo de la Generalitat es @gencat.cat. Cat al cuadrado. 

Y luego está el sorprendente entramado de institutos y agencias que repiten que son catalanes: Institut Català de la Mediterrània, Institut Català del Sòl, Institut Català de Meteorologia, Institut Català de Finances, Institut Català de la Salut, Institut Català d'Energia, Institut Ramon Llull, Institut d'Estudis Catalans, Institució de les Lletres Catalanes, Institució del Memorial Democràtic, Institut Català Internacional per la Pau (la cursiva es mía), Institut Català de les Dones, Institut Català de recerca en Patrimoni Cultural, Institut Català d'Arqueologia Clàssica, Institut Cartogràfic i Geològic de Catalunya. Y etc.

Luego están las agencias, siempre catalanas: Agència Tributària de Catalunya, Agència Catalana de l'Aigua, Agència Catalana del Consum, Agència Catalana de Residus, Agència Catalana de l'Habitatge, Agència Catalana de Turisme, Agència Catalana de Joventut, Agència Catalana de Protecció de Dades, Agència Catalana de Cooperació al Desenvolupament. Y podemos seguir.

Comprenderán ustedes que cada uno de esos institutos y de esas agencias disponen de un local, de un equipo humano que invariablemente exige un director, unos técnicos, unos administrativos. A veces un ujier, una señora de la limpieza, un vigilante, un software, unas cámaras de vigilancia, un servicio de mantenimiento, de desratización, de control de plagas. Limpiadores de cristales. El sueldo del director no es despreciable, por supuesto. El trabajo que desempeña ese director nadie lo sabe a ciencia cierta: ¿es mucho? ¿es poco? ¿la ciudadanía sale beneficiada en algo o percibe algo a cambio de lo que le aporta con sus impuestos? Esta es la pregunta.

El entramado es denso, profundo, concienzudo. Muchísimas familias están ahí. Ahí está el sustento de muchas personas: sus alquileres, sus hipotecas, sus aspiraciones, la residencia geriátrica de sus padres, el colegio concertado de los niños, sus extraescolares, el club de pádel, la cuota del coche eléctrico, la suscripción al Ara o al Cavall Fort, la cuota del gimnasio, de la escuela de música, de la guardería, de Netflix, de Òmnium Cultural.

Hay un país entero metido en el ajo.

La identidad es el ajo, son los euros y los votos.

La identidad tiene un precio, y el precio es alto.



Comentarios

  1. Te has olvidado que también en Cat hay artistas como tú. Para mi, ese detalle te puede hacer olvidar el resto. Muy bueno tu artículo (como todos).

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    1. Bueno, no me olvido de que en Cat hay de todo, por fortuna. ¡Faltaría más! Y lo bueno es que cuando sale a la calle no ve por ninguna parte esta Cataluña patriótica, reservada solo a una minoría. Minoría con poder, eso sí.

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  2. Recuerdo que, como socio y colaborador de la entidad, me refiero a la AAVV de Sant Antoni (Barcelona), di dinero a fondo perdido para la creación de su nuevo local, en la Av Mistral 30, (cinco mil pesetas de la época, que no era poco) y me presenté al primer premio literario que por aquel entonces, y a raíz de la creación de la asociación y como conjugaba con los Juegos Florales, se creó.
    No se me aceptó. ¿Quizá porque yo era socio/colaborador y los socios podrían tener un trato de favor y ser contrario a la normativa?, se preguntarán, no, no fue por eso, fue simplemente porque mi novela, mediocre a todas luces, se entregó en castellano, y aunque los requisitos y la normativa no lo especificaran, los trabajos se debían entregar por duplicado, cosa que si hice y en catalán. Cosa que no estaba puntualizada.
    Me faltaba ese punto.
    Hablo de hace muchos años, pero la simiente del ex-honorable ya estaba plantada.
    Aquello me dolió profundamente, porque la redacté en el primer idioma que me vino a la cabeza, podía haberlo hecho en catalán, sin ningún problema, pero me salió en el idioma materno, que es el que hablaba con mi madre, a pesar de que ella era nacida en la calle Carretas del distrito V.
    Ya, y desde entonces, mi rechazo a este tipo de razzias se ha hecho inevitable.
    Salut

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    1. Pujol regó la semilla con abundante dinero público, per la semilla se plantó en el XIX, con el romanticismo nacionalista. Ahí están los muchos autores que construyeron esa identidad, cuyos nombres están en las calles céntricas.

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  3. Respuestas
    1. Efectivament: tots els països petits tenen aquesta característica. Per això deu ser que Thomas Jefferson defensava que els estats han de ser com més grans millors, ja que els petits son mesquins.

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