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Cuando el dedo señala a Boladeras, Ballart mira el dedo



El señor Ballart construyó un equipo de gobierno municipal con los criterios del populismo estricto y con las ideas del personalismo egoísta. Hay una cierta venganza de Hamlet provinciano en su regreso. Usó la teoría de los microgrupos en su campaña. Pura demagogia tecnológica. Para ello invitó a una actriz decadente, cuyos mayores papeles siempre fueron dulcemente secundarios. También invitó a una directora de escuela cuyos méritos siempre quedarán por demostrar. Que la actriz esté fuera de los focos importa poco. Que la directora de la escuelita recibiese una Creu de Sant Jordi de manos de Quim Torra (sin dudad alguna, el peor presidente de la Generalitat), también parece que le importase muy poco. O del revés: para uno que se cree algo, lo mejor es rodearse de dudosos. Los adláteres dudosos engrandecen al actor principal, lo encumbran y lo sostienen.

Aún recuerdo cuando aquella directora de escuelita reunió a los alumnos y a los maestros en el patio de la escuela y les exhibió su Creu de Sant Jordi recién obtenida. La hizo circular por todas las manitas mientras, micrófono en mano, les recordaba que el premio era para ella, para ella sola, que no era para la escuela ni los maestros ni los alumnos: el premio me lo dieron a mi, proclamaba por el megáfono. El populismo empieza en un rinconcito de una escuela de barrio y termina en un sillón de la Casa Consistorial. Por fortuna, la mayoría de las direcciones de los centros docentes obran con mejores formas y con mucha más elegancia. Y doy fe de ello.

A partir de ahí, no se puede afirmar que el gobierno del señor Ballart pueda presentar muchos logros: la impresión es que Terrassa ha entrado en barrena y muestra un declive más que evidente. La imagen del alcalde, más interesado en su exposición permanente en los medios que en la gestión tiene algo de triste y grotesco. Eslóganes, aparatos propagandísticos… y esa indescifrable tendencia a presentarse como víctima de insultos y agresiones que solo él conoce y que, paradójicamente, no denuncia en los juzgados, que es el lugar en donde debería. El señor alcalde debería saber que, denunciando los insultos que asegura recibir, haría mucha más pedagogía que lamentándose en sus redes.

Hablando de denuncias, parece que algo huele mal en el equipo de Ballart. Por lo que es más que obvio (aunque jurídicamente presunto), una de sus concejalas cometió un error muy grave. Muy grave por lo menos. En efecto, hablamos de aquélla ex-actriz que antes nombramos y que, la verdad sea dicha, no se muy bien qué méritos puede aportar tras dos años en el gobierno.

¿Dónde está lo grave? Lo grave está en que la concejala interpelada responde a las acusaciones presentándose como víctima de acoso. Por lo visto, el señor Ballart ha creado escuela. Por lo menos entre los suyos. En estos momentos de tribulación, parece que lo mejor es presentarse como víctima, como apelando a un estatuto especial que exige la impunidad o el perdón. Yo le diría, a la señora concejala, lo que dice Douglas Murray en La Masa enfurecida: la víctima no siempre dice la verdad, no siempre tiene que caernos bien y, además, a veces la víctima ni tan solo es víctima (cito de memoria).

A todos aquellos que se presentaron como adalides de una nueva política que viene a sustituir a la clásica, debemos decirles que han fracasado: han rescatado lo peor de la vieja política y, de paso, han abortado la posibilidad de crear otras verdaderas políticas nuevas. Presentarse ante la sociedad como unos políticos (y políticas) verdelilas, en sustitución de cualquier ideología reconocible no solo nos deja perplejos, también nos apena y, finalmente, nos lleva a la sospecha: quizás todo era un timo, una pulsión de poder rellena de la más absoluta vacuidad (valga el juego de palabras). La concejal hizo lo más viejo: favorecer a sus familiares aprovechando el cargo. Un cargo verdelila, eso sí. He ahí el único cambio conceptual del partido del señor Ballart. Una capa de pintura bicolor para disimular el deseo de poder, un deseo que no es el deseo de veracidad.

Comentarios

  1. Y Douglas Murray no tiene porque estar equivocado.
    salut

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